El ruido y el bien
Huía sin tener un plan. A
la desesperada. Sabía que sería la próxima en ser detenida luego de ser en
parte una protegida del régimen. “Colaboracionista” le decían algunos por las
redes sociales. Si se quedaba en la ciudad terminaría en el temido “Abismo”. La
cárcel más tenebrosa de la tiranía.
Tomó a la desesperada el
primer taxi que pasaba por la esquina de su casa sin vigilancia aparente. A lo
mejor estaba paranoica y no pasaba nada, pero el pánico saltó sobre su cuello
una hora antes cuando dos llamadas a su teléfono fijo destilaban una
respiración pesada. El pánico le susurró “quieren saber si estas aquí en el
apartamento que heredaste de tu abuela y no en la casa de tus padres o en tu
pequeño estudio”. Entonces tomó lo que pudo, el pasaporte y saltó a la calle
con el pánico aferrado a su cuello sin dejarle de susurrar.
El pánico le susurraba
sospechas sobre el taxista “puede ser colaborador de la red de esbirros de la
tiranía…casi siempre son sus colaboradores”, pero ella observó el rostro del
taxista y decidió hacer oídos sordos a un desconcertado pánico que daba por seguro
una victoria total. A todas luces, por su ropa, su cara, su color de piel era
un anciano europeo aclimatado al trópico. De la última camada de inmigrantes al
país. Uno de esos que tiene hijos y nietos en su patria natal, retornados,
mientras él y su mujer también europea o criolla, decidieron quedarse en la
patria adoptiva, resignados.
-No le va a pasar nada
conmigo- le dijo mirándola por el retrovisor- yo me sé todos los caminos libres
y los hábitos de alcabalas y patrullaje de los esbirros.
Entonces el pánico se
soltó de su cuello y salió por la ventana del taxi. Ella comenzó a respirar y
sentir relajada su espalda. Aquel anciano seguramente podía ser un ángel, pero
de súbito anuló esa ensoñación cuando el taxista volvió a hablarle – no le
recomiendo el aeropuerto. Tampoco el terminal de buses. Sí usted quiere, yo le
puedo llevar. No le saldrá caro y si no tiene el dinero me lo paga después. La
conozco. Sé que usted pagará-.
Ella se alivió un poco
más cuando recordó lo famosa que era en las redes sociales y los medios por su
labor social. Se dijo “este seguramente es uno de esos viejitos que ve mucho el
Facebook o recibe nuestras cadenas de WhatsApp…puede que esté a salvo…”. Y
entonces el viejito le dijo -iremos por el Valle del Monte Oscuro, es más
seguro-.
Mientras lo decía ella
vio frente a un carrito perritos calientes al Pánico tomándose una Coca-Cola y
saludándole sonriente con la mano.
- ¿Por qué por ese sitio
si es tan peligroso? -. El taxista preocupado por tomar un cruce tardó en
responder y luego cuando ya estaba en la autopista a velocidad crucero le
respondió – porque allá tengo muchos amigos. En esta vida hay que tener amigos
hasta en el infierno. Usted los debe tener y tal vez tiene miedo porque no está
segura de su amistad.
La influencer
filantrópica notó la presencia del pánico a su lado. La miraba sonriente con su
barba desordenada, mal afeitada y su sonrisa mueca con dientes podridos. Sentía
su aliento putrefacto. Si ella lo dejaba podría volver a aferrarse a su cuello,
pero en eso volvió el viejo a hablar – controle su miedo y le irá bien. Conozco
al señor Pánico. Habita en toda la ciudad y el país. Respire y póngale
distancia. Así no lo tendrá encima todo el tiempo. Y ella le hizo caso. Pánico
comenzó a hacerse transparente y llegando a un peaje decidió volver a salir por
la ventana. La guardia del pueblo, el cuerpo represor de la tiranía siempre
tenía hombres en los peajes, pero esta vez no había. Solo uno a la sombra de un
mango dándole de comer a un perrito que ni se inmutó al verlos pasar.
El viejo taxista
carraspeó un poco y siguió - ¿Ve? Conmigo va segura. Así que tómese un sueño.
Luego del Valle iremos por la pica del muerto y de allí enfilamos por la
carretera de los llanos haciendo algunas paradas. En una que otra ciudad o
pueblo pararé para hacer algunas diligencias. No se asuste. Aparcaré en lugares
donde no la puedan reconocer.
-Sí, pero ¿Vamos a Santa
Fe?
- Claro, Siquiver ni
pensarlo. Eso es solo selva y traficantes. En Santa Fe hay más civilización.
Cuando crucemos la frontera allí puede llamar a algún consulado de algún país
civilizado que le pueda ayudar.
-Pero ¿Cuánto me va a
cobrar por un viaje tan largo? Y al momento se sintió incómoda por atreverse a preguntar
en las circunstancias que le atenazaban.
- Lo que cuesta-
respondió aburrido el viejo – digamos que unos 1.200 cardenales. Es la tarifa
habitual.
Se sintió a la vez
tranquila y culpable pues el dinero le sobraba y eso se sabía. No era la
pregunta adecuada, pero el viejo taxista parecía bastante profesional respecto
a su trabajo y una especie de salvador estoico. Con la entrada del calor al
bajar de altitud y el olor de tierra húmeda caliente se fue quedando dormida
despertando en el sopor de vez en cuando por algún salto del taxi hasta que
despertó de súbito con gritos de vendedores ambulantes y señoras de mal
carácter, gordas, sudorosas, zambas, que la miraban con un dejo de curiosidad y
desdén. La gorra y los lentes oscuros le ayudaban a camuflar, pero estaba claro
que era una niña fuera de su elemento la que andaba en el taxi de Don Mario que
era como le llamaban al saludarle las personas que le reconocían en el lugar –
pararemos al cruzar la esquina. Tengo que dejar unas medicinas y recoger otras
para llevarlas a San Cupertino que será nuestra próxima parada ¿Quiere un
refresco o desayunar algo? ¿Ha desayunado?
-No, para nada. Tengo el
estómago cerrado- dijo ella notando que poco a poco se le abría el apetito –
pero tal vez me comería algo.
-Estamos en la
Encrucijada. Justo antes de entrar a Monte Oscuro. Como sabrá aquí se hacen los
mejores sándwiches de pernil del mundo. Así que en cuanto enfilemos le compro
unos cuantos para el camino porque de aquí en adelante la gastronomía… jum…
salvo llegando a Santa Barinés donde sirven buena carne asada. Allí
descansaremos un buen rato para seguir. Dependiendo de las paradas que haga y
lo que tarde, tal vez hagamos noche. Conozco una buena posada de unos amigos,
pero no sé si con las prisas que llevamos sea prudente. Antes que se enciendan
las alertas de su búsqueda en la frontera, es mejor darle un solo viaje. De una
– dijo sonriente y se bajó del taxi, abrió el maletero y sacó unas bolsas. Ella
lo seguía con la vista perderse entre los vendedores ambulantes y entrar en una
suerte de taller mecánico. El calor le arrancaba todo el aliento y el sudor ya
marcaba su piel en la ropa. Miraba ella para todos lados y decidió quedarse
quieta porque Pánico, de repente, pasando frente al taxi estacionado, se detuvo
como buscando a alguien. Se serenó, respiró mejor y Pánico siguió hacia otra
dirección fijándose en una madre con un recién nacido a quienes se pegó en
persecución incesante. En eso vio la cadera vestida de jeans viejo del anciano
taxista abriendo la puerta y entrando al coche con otra bolsa. A la ventanilla
se le acercó una monja que inmediatamente le entregó otra bolsa y le desplegó
una bendición sin percatarse de pasajera en el asiento de atrás. El viejo
taxista arrancó el coche saludando a unos vendedores ambulantes quienes le
respondían con una reverencia, entonces siguió a la búsqueda de los sándwiches.
No la dejó salir del
taxi. Le dijo que se lo comerían en otro sitio más bonito luego de pasar por
San Cupertino. Y así llegaron con los refrescos calentándose y los sándwiches
todavía tibios a un lugar a la orilla de la carretera relativamente alto en el
que se podía divisar sentado en un tronco caído a un lado el Valle Luminoso y
al otro el Valle del Monte Oscuro. Conversaban al amparo de un viejo samán que
acababa de abandonar otra familia luego de merendar. Estaban solos. El viejo le
contaba sobre su vida y lo que esperaba del final. Ella le contaba sus miedos,
de su ir y venir como periodista, filántropa e influencer hasta llegar a la
razón por la cual llegó a esa situación. Él le dijo que la conocía y que era
muy divertida en sus entregas dando ejemplos positivos a la juventud hasta que
ella le interrumpió -…pero todo se dañó el día que tuve que sacarme la foto con
el presidente. Allí todo se vino abajo. Todo dejó de ser positivo. Unos me
odiaban por traicionar a las fuerzas democráticas y otros sentían desprecio por
mis orígenes patricios. Peor fue cuando la tiranía arreció con la represión…
- Sí lo sé – interrumpió
el viejo – haces bien en irte.
- ¿Por qué me ayuda? – se
atrevió ella a preguntar- podría meterse en problemas – finiquitó dándole un
mordisco a su sándwich.
- ¿La verdad? – preguntó
mirándole a los ojos como si fuera invitado a una respuesta sincera- Porque
quería salir un rato de la ciudad. Mi mujer está de viaje a nuestro pueblo
natal visitando a nuestros nietos que apenas se están adaptando a su nuevo país
adoptivo. A pesar de sus orígenes no son de allá. Son de acá. Les cuesta por
nacionalidad que tengan. Así que estoy solo y aburrido. Ni siquiera tengo
mascota. Me dije al rato, esta es una oportunidad para hacer una visita a mis
amigos necesitados. Lo curioso es que de todas maneras iba a hacer este viaje.
Cuando la vi desesperada en la acera pidiendo un taxi la reconocí casi casi al
momento. Luego cuando se montó y la vi por el retrovisor, a pesar de sus gafas
oscuras y su gorra, pude saber quién era y su angustia. Sé que van a por usted.
Lo decían en la radio esta madrugada. O no lo decían, pero se sabía que sería
la próxima. Usted sabe como es esto de la tiranía. Dicen las cosas sin decirle.
Hay que tener los ojos muy abiertos. Entonces me dije. Ok. La ayudo y salgo de
la ciudad, pero mi decepción fue grande cuando me dijo al aeropuerto. Me dije a
mi mismo “la pensaba más inteligente” – entonces ella sonrió por primera vez
desde que se montó en el taxi escuchando al viejo decir eso – y a partir de ahí
lo demás es historia.
- ¿Usted a quién ayuda? –
preguntó ella mirando hacia Monte Oscuro.
- A la gente de la
iglesia católica y de vez en cuando uno que otro evangélico. Los cristianos
católicos o evangélicos son los que están ayudando de verdad a la gente
desvalida. Sin ánimo de ofenderla claro. Usted ayuda a su estilo.
- ¿Y cuál es mi estilo?
El la miró serio y se
levantó para estirarse y revisar algo del motor del taxi respondiendo – el
pregón. Pregonar. Ese es su estilo.
Ella se quedó triste
mirando a los dos valles “¿Era eso un regaño?” se preguntaba. “A estas alturas
da igual”. Le quito fuerza al pensamiento y se dirigió al taxi a revisar su
teléfono móvil.
-Yo que usted le quitaría
las baterías y dejaría ese bicho por ahí por el monte. Seguro por ahí están
trazando nuestra ruta.
- Es verdad. Le quitaré
la batería, pero no lo botaré.
- Está bien. Lo
importante es que no sea rastreable- dijo el viejo sin quitarle vista al motor
de su viejo taxi – listo vámonos. – Dijo mientras se limpiaba la mano con un
trapo y echaba un vistazo a los valles. Se quedó calculando tiempos y miró por un
tiempo el cielo moviendo los labios entonando una oración. La chica lo veía
intrigada a la vez que aliviada. Se sintió a salvo. Ella miró de nuevo hacia
los lados del Valle de Monte Oscuro y al girarse hacia el taxi vio del otro
lado de la carretera a Pánico sentado en una piedra bajo un jabillo. No la
miraba. Estaba distraído viendo unas hormigas pasar. Se montó en el taxi y este
inició la marcha en dirección sur. Ya era pasado el mediodía y la carretera era
una recta incansable marcada por algunos nubarrones que anunciaban lluvias y
estas pronto se hicieron sentir en el techo y las ventanillas. El calor
arreciaba junto al agua a la vez que el taxi ralentizaba su marcha. Por
momentos, no se podía ver a pocos metros de distancia. Sintió una subida y
bajada repentina y otra más, el viejo le dijo – ve usted que era mejor que
siguiera allí atrás como una pasajera. Si se hubiera venido a mi lado tal vez
perdiéramos la invisibilidad que nos protege.
- ¿Y quién nos podía ver?
- Los guardias del pueblo
que estaban en la alcabala atento a pescar algo para comer. Me vieron
seguramente vacío y pensaron, este viejo no lleva nada. Así son.
Pasaron tres alcabalas
provisionales más y entraron a Suspiro Alto. El primer pueblo del Valle de
Monte Oscuro. Al principio todo parecía normal. Un pueblo caliente bañado por
la lluvia que ya se retiraba, pero a medida que lo iba cruzando notaba que algo
no andaba bien en ese pueblo. Unos hombres sacaban a rastra a un señor y lo
metían en el coche de la policía. Y no eran los policías o sí eran los de
paisanos también policías. No lo sabría. Luego niñas claramente sexualizadas
como prostitutas en las puertas de un bar de mala muerte entrándose con la
llegada de lo que podría ser un cliente. Más abajo una pelea, mechón en mano,
de dos mujeres obesas y el forcejeo dejaba a una de estas con los senos al aíre
ante la risa de testigos desdentados y unos perros flacos ladrando. Salimos del
pueblo y seguimos la carretera ajena a la vegetación. Era como si de repente
todo se secara y no existiera vida en la tierra. Un burrito amarrado a un
botalón, flaco, temblando, un señor también flaco con la bicicleta llevada a
mano a la orilla de la carretera, la mortecina de un perro a punto de estallar
en medio de la vía, unos gallinazos revoloteando cerca, el sol se atenuó por
otra nube, pero no llovía. El calor era mayor, pero de repente un escalofrío
recorrió su cuerpo.
- ¿Lo siente? – Preguntó
el viejo.
- ¿El escalofrío?
- Seee…
- Pensé que era yo sola.
- No. Estamos llegando a
La Agonía. El siguiente pueblo.
Y no se veía rastro de
pueblo alguno, hasta que se cruzó una pequeña colina y allí estaba con sus
techos de zinc devolviendo brillo gris. A medida que se iba adentrando el taxi
los perros flacos ladraban y algunos intentaban morder los neumáticos. Unas
señoras que barrían la casa miraron con gran tristeza al taxi y se giraron
cerrando la puerta de la casa. De repente, todos los que miraban el taxi huían
de éste. Espantados. Ella se giró a ver como el pueblo se iba cerrando a su
paso. - ¿Nos tienen miedo o algo así? – preguntó al viejo.
- Puede. En realidad, le
temen a la gente buena llena de vida. Todos aquí están muriendo.
- ¿De qué?
- De rencor a todo lo que
es bello, vivo, feliz, luminoso. Están agonizando de tristeza y envidia.
- Poético usted.
- No. Descriptivo. Nada
poético.
- ¿A qué se dedican todas
estas gentes?
- Viven de la limosna de
los ganaderos que quedan, lo poco que les manda el gobierno y la delincuencia.
Es un pueblo pequeño, pero su agonía es tan grande que parece una metrópolis de
tristeza.
Ella siguió mirando como
se seguían cerrando las puertas y los niños eran llevados a rastras por sus
madres o hermanas mayores hasta dentro de sus casas o chozas. Salieron del
pueblo y comenzó a llover otra vez y a unos pocos minutos un letrero anunciaba
El Purgatorio.
- ¿Otro pueblo? –
preguntó ella.
- Seeeh. Este es peor que
los dos anteriores. Aquí sí que tiene que respirar bien y si puede mejor no vea
por la ventanilla.
Ella ni pensó retirar la
vista de la ventanilla y así siguió hasta que puso atención en una pierna que
colgaba desde una rama de un árbol. Al principio pensó que era un suicida, pero
luego vio más piernas y al detallar vio que eran cuartos de piernas. Eran
varios cuerpos mutilados y un letrero que decía “pa que respeten la patria”. No
se sintió mal, pero sí alerta a no perder detalle hasta que vio que unos
hombres armados llevaban amarrados a un señor y una señora, detrás sin amarrar
a unos hijos suplicándole a un gordo que podría ser, pistola en mano el jefe de
todo aquello. El gordo les dio unas patadas a los niños y siguió caminando.
Ella ahogó un grito y entonces pasando al lado de los niños privados de dolor a
la orilla de la vereda pudo ver a Pánico con un helado de bolsita rojo tomando
una bicicleta vieja e incorporándose tras ellos. Se puso al lado del taxi a la
altura de la puerta del viejo. Pedaleaba de vez en cuando adelantando y giraba
la vista sonriente como si quisiera verla a ella, entonces se escucharon
detonaciones y vio a unos señores llevando por los pelos a unas adolescentes
entrando a una casa con otros desabrochándose los cinturones del pantalón.
Pánico le dijo algo al viejo y este le respondió algo que ella no logró a
entender. No era castellano. Era un idioma extraño. Pánico retrocedió un poco y
se puso al lado de su puerta, entonces ella recordó lo de respirar y cerró los
ojos respirando lentamente por unos minutos.
- Ya hemos salido del
pueblo – dijo el viejo.
- ¿Usted conoce al señor
de la bicicleta?
- ¿Pánico? De toda la
vida. Siempre anda por ahí.
- ¿Entonces tenía usted
miedo ahora?
- Siempre tengo miedo,
solo que lo controlo más. En realidad, Pánico está aquí por usted, pero lo
puedo ver. Como se estaba regodeando lo espanté.
- ¿Y qué le dijo?
- Que buscara otro
oficio. Aquí sobra gente con miedo. En este taxi nadie tiene miedo.
- Pero lo dijo en otro
idioma.
- Ah sí. En Arameo.
- ¿Sabe usted arameo?
- Desde que tengo uso de
razón sí.
- ¿Por qué? ¿Lo hablaban
sus padres?
- Sí. arameo, latín,
griego. Sí. Lo hablaban mis hermanos y mis padres.
- ¿De dónde son?
- De muchas partes.
- ¿Pero es usted judío o
algo así?
- La verdad sí y no. Digamos
que soy ecuménico. Un viejo universal. De todas las religiones. – Le dijo
dándole vueltas a la mano en el aire como quitando importancia a la respuesta.
– Y aquí estamos llegando a El Laberinto. El penúltimo pueblo de Monte Oscuro.
Espero no perderme- dijo soltando una sonrisa traviesa y mirando por el
retrovisor enseriándose al ver la cara intrigada de la chica.
- No he visto más
alcabalas- dijo al final ella.
- Estos pueblos son tan
malos que ni los malos que trabajan para la tiranía se acercan. El problema de
El Laberinto es que es un misterio. Hasta yo me pierdo. Lo digo en serio. Mire
la entrada y fíjese en esa talanquera de allá. Esos serán nuestros puntos de
referencia. Si los volvemos a ver en dirección contraria es que el pueblo nos
ha devuelto – decía mientras miraba la posición del sol entre nubes a través
del parabrisas. – En dirección suroeste como debe ser. Mire al sol también a
ver si vamos bien.
Y así entraron al pueblo
y por un tiempo parecía un pueblo normal salvo por unos hombres colgados de
cabeza que estaban vivos y en realidad no les pasaba nada malo. Hacían una
suerte de ejercicio. Gente en sus quehaceres diarios, mujeres que de vez en cuando
miraban el taxi curiosas, menos perros que en los anteriores pueblos y en eso
se acabó el pueblo y al constatar vieron la talanquera del otro lado y el sol
indicaban que iban en dirección contraria. El taxista giró y volvió a entrar.
Volvieron a salir, sin talanquera, pero hacia el este. Al tercer intento
volvieron a la talanquera. Luego al sureste, hasta que al quinto intento
salieron en la dirección correcta indicada por el sol. – Hemos salido- dijo el
viejo.
- ¿Cómo lo sabe? ¿Cómo
sabe que es la salida correcta? ¿Por el sol? Yo veo todo nublado ahora.
- Por el cementerio.
Mírelo.
Entonces ella vio un
cementerio con algunas personas caminando entre las tumbas. Extrañada preguntó
- ¿Visitan muchos sus muertos no?
- ¡Qué va! Esos son los
mismos muertos que salen de paseo, pero no se salen del cementerio. Solo están
tranquilos dentro del cementerio.
La chica miró al viejo y
observó que este estaba rezando en silencio. No quiso interrumpirlo y ella
quiso imitarlo.
- Hace bien en rezar. –
le interrumpió él – y siguió rezando.
A la media hora luego de
ver cosas raras entre los montes como un lagarto con una cabeza de perro y no
sabía si se estaba comiendo un perro o no. Una mata de papaya con muchas arañas
negras. Un hombre fornicando una burra. Una rama de un árbol con el esqueleto
de un ahorcado. Una mujer vestida para una boda de espalda mirando hacia un
tanque de agua.
Vio el letrero de Suspiro
Bajo - ¿Cuántos pueblos faltan para que acabe Monte Oscuro? – Preguntó.
- Este es el último.
Pasado esto, el mal queda atrás. Se puede sentir tranquila.
- ¿Hay algo en particular
de este pueblo?
- La gente está siempre
cansada. Desganada.
Y al entrar ya no era el
calor lo que molestaba sino una pesadez que anestesiaba como si se estuviera en
la necesidad persistente de una siesta.
- Duerma usted niña. Es
bueno que lo haga. Yo cuidaré de usted – dijo el viejo y ella se dejó llevar
por el sueño. Caminaba entre kioscos de playa tomada de la mano de su primer
novio. Hacían juegos de palabras y decidieron irse a su cala favorita a bañarse
desnudos. Luego en la playa cuando ella se disponía a besarlo, el rostro era el
del tirano. Él le hablaba con la voz de su primer novio y ella decidió huir de
ahí para caer en la mesa de los tamales con su familia. Estaba la abuela ya
perdida en sus tinieblas mentales, pero siguiendo la tradición armando
mecánicamente unos tamales. Estaban todas sus tías y tíos fallecidos. Estaba
feliz. En eso la abuela dijo - escuchad. Dizque mataron al tirano. – Y todos
lanzaron carcajadas salvo una tía que era fanática del tirano que se santiguaba
pidiendo a Dios que protegiera al tirano, entonces ella vio un hombrecillo
quemado con ojos rojos, pequeños cuernos, lengua azul, colmillos pequeños
sonriente y con las manos sobre los senos de la tía fanática. Le pasaba la
lengua por el cuello y saltó súbitamente sobre la mesa para comenzar a atacar a
un tío abriéndole de un solo manotazo la cara torácica salpicando la mesa de
trozos de pulmón y corazón. Todos comenzaron a correr y la tía fanática reía a
carcajadas. Ella decidió tomar la mano de su madre y corrieron juntas hasta que
la madre dejó de tomarle la mano. Estaba siendo devorada por el bicho. Entonces
recordó la habitación de herramientas del abuelo y fue a por un machete. Entró
y cuando estuvo buscando la herramienta y creyó tenerla en su mano al
levantarse vio el aula magna de su universidad y en vez de machete un diploma
con su madre saludándola emocionada dentro del público. Un ruido en las puertas
del aula magna y entraron estudiantes con bombas molotov a quemarlo todo. Todo
se volvió un caos y ella saltó hacia el público, pero tampoco encontró a su
madre. La masa de gente la terminó llevando a los jardines centrales de la
universidad y de pronto vio aviones militares sobrevolando, combatiendo entre
ellos y gente sobre el techo de la biblioteca vitoreando a unos y desde la
facultad de sociología a otros. Quería salir de allí. Le preocupaba su mamá y
luego recordó que su mamá había fallecido en paz en su casa. Estaría bien o
tendría que rezar por su alma. Intentó salir de sus sueños y despertar, pero no
podía. Sabía que estaba huyendo, pero no podía despertar. Estuvo vagando por la
universidad y de repente estaba en las oficinas del periódico tratando de sacar
un artículo. Su primer artículo en la sección de política. El artículo que la
llevó luego a la sección de eventos sociales. El editor no la quería sino en
esa sección y no lo hizo mal. Fue al final lo que la llevó a ser una
influencer, pero ella quería cosas serias. Política. El editor le decía algo
que nunca le había dicho en el pasado y le gustó “en los eventos sociales se
ven los síntomas del poder”. Era su sueño, podía poner esas palabras si
quisiera en labios del editor y eso le gustaba, pero ella no quería. Era un
sueño. No hay voluntad. Eres parte de otra realidad. Pensaba eso en su
escritorio cuando de repente la tierra se abrió y cayó en vacío por un rato
largo. A su lado caían más veloz una tanqueta, una computadora, su editor,
varios políticos todos agarrados de manos con unos asistentes cayendo a su lado
sosteniéndoles el whisky, unos profesores, unos médicos, muchos militares de
alto rango y detrás los ayudantes atados con collares de perro a sus cuellos, y
luego le seguían las esposas y amantes. Seguía cayendo y se preguntaba en qué
caería. Entonces vio algo que iluminaba abajo y supo que se iba al infierno.
Una mano la impulsó hacia arriba y la dejó en una caverna. No vio quién la
salvó, pero la voz era la del anciano y le decía: es hora de despertar.
Y despertó - ¿Dónde
estamos? – Preguntó.
- En Santa Barinés. En
las afueras. Durmió como tres horas. Está bien. Vamos a cenar algo si le
apetece- dijo el viejo haciendo estiramientos frente al coche.
- No tengo hambre, pero
sí vale la pena estirar las piernas. Estoy agarrotada.
- Es lo que tiene este
viaje. Está a unas 6 horas de salir del país. Así que es bueno recobrar
energía.
- ¿Pasaremos hoy la
frontera?
- Sí. Hoy mismo. No hay
tiempo que perder- dijo el viejo mirándole a los ojos.
Se adentraron a un solar
y de allí cruzando a la izquierda se abrió ante sus ojos un caney. Estaba ya
anocheciendo. Más allá del caney un gran río y ella caminó hasta lo más cercano
de su orilla – es el Cazuelo. Termina directamente en el Inmensario a cientos
de kilómetros de aquí. De allí sacan buen pescado de río que fríen aquí con
mucho arte. Vamos. – Le invitó el taxista.
- ¡Cristancho! ¡Caracha!
¡Dichoso los ojos que lo ven! – Dijo una señora entrada en años y con un
posible pasado de belleza tropical.
- Pues aquí me ves.
Haciendo un servicio. Traje a la joven que va a Santa Ana de afán porque se le
murió la abuela.
“Cristancho se llama” se
dijo. “No Mario como en el pueblo anterior y como sabe mentir. Ese es el arte
de la supervivencia. La mentira justa, precisa, pertinente”. Ella le
correspondió con una sonrisa leve a la señora. Llegaron entonces una
adolescente y le dieron unos besos en la frente al taxista como si fuera su tío
y este les bendijo como un cura. Entonces salió un señor con un paño en el
hombro y unas herramientas de azar carne a saludar con reverencia a Cristancho.
Había algarabía en torno al taxista. “Un conocido muy querido por lo visto”
pensó ella aliviada de estar en manos de gente querida por estos trabajadores.
Ya se sentía segura con el taxista, pero con esto ya le quería. Entonces
pidieron pescado frito y ella lo pidió sin yuca. El atardecer hacía más bello
el Cazuelo y una brisa fresca le recordaba las excursiones hacia el llano con
los amigos del colegio. La música de la región amenizaba y diagonal lejos de su
mesa, pero sin prestarles atención, había unos hombres con muy mala pinta. Ella
se giró hacia el río y vio a Pánico arreglando unas redes. – Ni te inquietes.
Ellos no están pendientes de nosotros. Sino de aquel señor que está del otro
lado del restaurant. Son sus escoltas. – Ella giró la vista y vio un tipo lleno
de cadenas de oro, con cara de árabe y rodeado de adolescentes tomando cerveza.
El hombre le capturó la mirada, le prestó algo de atención y se levantó hacia
la mesa que ocupaban ella y Cristancho. Saludó con reverencia a Cristancho y
tomó la mano de ella y se la besó. Cristancho le saludó cono seriedad y parco.
Este se retiró con respeto.
- ¿Quién es? Preguntó
ella.
- Un comandante
guerrillero santafereño que controla esta zona. Una plasta de mierda. Mala
persona – dijo el viejo como haciendo arcadas.
- Pero le respeta ¿No?
- Me temen tal vez.
- ¿Por qué?
El viejo le prestó
atención a la niña que le traía unos refrescos y jugueteó con ella
preguntándole sobre las tareas y notas de la escuela. Era obvio que no quería
responder aquella pregunta y ella desistió de su curiosidad. La noche se cernía
con más fuerza con nubarrones de aguacero y relámpagos hacia el piedemonte
andino y luego extendido a la sabana que se veía por un recodo del restaurante.
– Este es un buen sitio. Es bello. – Dijo ella.
- Ni que lo digas. Varios
quieren comprárselo a Micaela, la dueña. La señora que me saludó, pero ella lo
heredó de su madre y no quiere vender este terreno ni por asomo. Cuenta con la
protección del comandante de allá atrás que nos vino a saludar. Por ahora. Lucha
año a año por mantener esto como lo ves lleno de flores y lleno de gente
comiendo feliz. Es duro para la gente decente trabajar. El poder no tolera el
vacío y con cada poderoso infantil de ahora, cualquier espacio es su sala de
juguetes. De momento, aguanta. Dios quiera que siga así.
Comieron en silencio
escuchando la música del llano en unos altavoces viejos. Charlaron un rato
largo con Micaela y las hijas. Era ya noche cerrada y los truenos indicaban
tempestad cercana – Vámonos- dijo Cristancho. Nos toca un largo camino.
Micaela no objetó. Se
levantó. Abrazó a Cristancho y lo mismo hicieron el resto de los miembros de la
familia. El comandante guerrillero ya algo tocado por el alcohol se acercó a despedirse
y así llegaron al taxi y se pusieron en marcha.
El relámpago y sus
acompañantes lejanos, los truenos, estaban apurados. Todavía no llovía y
Cristancho pasaba alcabala y puestos de control sin ser detenido en ningún
momento. Algunos vacíos, otros simplemente nos daban paso franco. Ella que
sabía de la manía de los guardias del pueblo de chantajear estaba cada vez más
asombrada del hecho mismo de la impunidad de la huida. Comenzó a llover y
escampaba. El tráfico comenzaba a escasear. La carretera estaba cada vez más
sola. Llovía y escampaba. Así estuvo por un par de horas con la noche fresca y
ella atrás conversando animadamente con Cristancho sobre la vida y lo que haría
al llegar a Santa Fe. Entonces Cristancho desaceleró y se detuvo en seco en
medio de la carretera oscura y con los relámpagos iluminando el horizonte. Dejó
la intermitente y la luz encendida - ¿Qué pasa? - preguntó ella sorprendida.
- La gente del Taita.
- ¿El Taita? ¿Otro
guerrillero?
- No. El Taita. El de la
independencia. Míralos.
Entonces ella vio salir
de los matorrales unos caballos con sus jinetes. Todos con los pantalones
arremangados, sin camisa y largas lanzas cruzando la carretera. Un jinete se apartó
un poco y se dirigió hacia el taxi. Levantó la vista y ella pudo ver que tenía
los ojos en blanco. Luego se giró supervisando el paso de los jinetes que
seguían pasando delante de ellos y detrás. Luego unas recuas ganado. Ella
preguntó - ¿Ese es el Taita?
- No. Es uno de sus
hombres. El Taita ya no se deja ver desde hace tiempo. Solo sus caporales y sus
hombres. - Terminaron de pasar los caballos y el ganado.
- ¿Es todo? – Preguntó
ella.
- No. Falta la infantería
y la soldadesca. Así como sus mujeres.
Entonces aparecieron
caminando desordenados, primero hombres con mosquetes y machetes. Algunos con
lanzas. Luego otros más jóvenes. Muchachos con apenas nada en las manos o solo
cuchillos en el cinto. Y al final las mujeres con niños.
- Siempre la mujer detrás
de las guerras de los hombres. Sea arriba o abajo. Provocándola o sufriéndola.
– Dijo el taxista.
- Estos son fantasmas
¿Verdad?
- Podría llamarse así.
Estos sitios están llenos de fantasmas que no son más que ecos de hechos
trágicos.
- ¿Cómo supo que aparecerían?
- pregunto ella.
- De tanto andar la noche
ya uno desarrolla mejor los sentidos. Como sus campañas publicitarias ¿No cree?
Su intuición también. Si no fuera por ese olfato usted no salta a la calle y no
estaría a horas de la libertad.
- Cierto, pero en este
mundo. Ellos donde están realmente.
- Aquí con nosotros. Solo
que hay que tener los sentidos abiertos. Le llaman dimensiones cruzadas los que
saben de esto, pero en realidad vaya usted a saber. Así como usted ve a Pánico,
pues ahora vemos a los soldados y lanceros del Taita. Ya terminaron. Sigamos.
Viajaron en silencio
contemplando el espectáculo de relámpagos de la sabana con uno que otro trueno
estremecedor. La lluvia nubló la vista y arropó el viejo taxi apenas titilante
y ralentizado en la oscuridad de una carretera sin un alma en contravía hasta
que aparecieron como un punto amarillo leve y luego en toda su forma dos niños
caminando a la orilla de la carretera. Cristancho desaceleró y se detuvo a unos
metros de los niños que lejos de estar empapados estaban como si hubiesen
acabado de salir de su casa. Cristancho se bajó del taxi. Ella también bajó. La
lluvia persistía, pero ella quería saber de los niños. Entonces estos se
arrodillaron y Cristancho recitó unas oraciones en latín y los santiguó. La
mano de Cristancho por un tiempo cobró una luminosidad extraña y se apagó al
tocar las cabecitas de los niños. Estos se levantaron y pasaron al lado de ella
sin inmutarse. Siguieron y se perdieron en la oscuridad.
- ¿De dónde vienen esos
niños? ¿Qué les pasó? – dijo ella mientras se metía de nuevo en su asiento
trasero y Cristancho daba la vuelta para volver al taxi.
Al subir Cristancho y
arrancar el coche contó sobre las almas en penas de niños que vagan por la
llanura. Niños violados o asesinados por familiares o amigos de las familias.
Pedofilia e infanticidio. Un secreto muy guardado, pero también el hambre y la
enfermedad. Algo más contado al público. A estas dos almitas las violaron y
mataron el día de su primera comunión. Un tío borracho. Primero violó a la niña
y la arrojó a un matorral y al descubrir que el niño vio el crimen, lo mató de
inmediato. No lo violó y se quedó en la fiesta. Hizo parte del duelo y la
sorpresa. Nunca lo descubrieron. Estuvieron buscando a un violador. Detuvieron
al tonto del caserío y casi lo matan de un linchamiento porque al pobre lo
descubrieron masturbándose a la orilla de un río y asumieron que él era el
depredador. Tuvo la mala suerte de haber ido a la fiesta e irse más o menos
cuando desaparecieron los niños. El tío borracho violador y asesino, comenzó a
ser atormentado por las almitas y estas no descansaron a junto a otras almitas
de atosigarlo hasta que se ahorcó. Nadie supo por qué. Solo el cura que lo
guardó en secreto de confesión.
- Y se lo contó a usted.
- No.
- ¿Cómo sabe todo eso?
- Lo sé porque junto las
piezas de lo que me cuentan las almas y los vivos que me topo por estos
caminos.
- ¡Y le tienen reverencia
esas almitas! Usted las bendijo como si fuera un cura y en latín. No deja de
sorprenderme.
- Todos somos una caja de
sorpresa – dijo el taxista con una voz queda.
Los relámpagos iban
quedando atrás hasta que todo se fue sumiendo en el run run del motor y el
traquetear de la carrocería. Ella volvió a caer presa del sueño. Y esta vez no
soñó.
Llegaron a Santa Ana a
las 2 de la mañana. El viejo taxista la despertó con un suave sacudón y ella se
incorporó preguntando dónde estaban.
- Santa Ana mi niña. Vamos
a estirar las piernas. Estamos en el terminal de buses. Es el único lugar en el
podríamos encontrar un café decente y algo de picar si hay hambre. Estiraremos
las piernas y luego seguiremos a Santo Michelena y de allí a tu libertad en
Villa del Rosario.
Se sentaron en una mesa
de la cafetería abierta con viajeros trasnochados con grandes bolsos y maletas.
Niños durmiendo en sillas unidas a modo de cama. Gente con más pinta de huir
que ella.
- Toda esta gente espera
para largarse a Villa del Rosario en el primer bus en unas tres horas. Van como
tú – dijo el taxista bajando la voz- desesperada por huir, pero no huyen de la
contrainteligencia o los esbirros, sino de algo peor, del hambre y la
desesperanza.
Ella tomó el sorbo del
café con leche y le supo muy bien. Lo agradeció y despertó definitivamente
diciendo – todo lo que he visto con usted ha sido realismo mágico o surrealismo
o producto de imaginación y nunca lo había visto ni sentido. Todo tan
explícito, tan evidente, tan claro. El bien y el mal fluyendo al tiempo. Será
inolvidable para mí.
El viejo removía el
azúcar de su café y le respondió mirándole a los ojos – Es como la teoría de
conjuntos ¿Has oído hablar de ella?
- No la verdad no. Soy
periodista. O algo en secundaria en matemáticas, pero no la recuerdo.
El viejo tomó unos
removedores del café de la mesa y comenzó a explicarle – En realidad son entes
abstractos que contienen elementos (otras entidades abstractas). Dados unos
elementos puede imaginarse una colección determinada de estos, un conjunto.
Cada uno de estos elementos pertenece al conjunto, y esta noción de pertenencia
es la relación relativa a conjuntos más básica. Los propios conjuntos pueden
imaginarse a su vez como elementos de otros conjuntos ¿Lo entiendes? – y la
chicha afirmó viendo los removedores puestos en conjunto y el viejo siguió. -
En nuestro caso con el bien y el mal, con lo que hemos visto pues imaginemos un
conjunto universal que represente todas las acciones posibles de un ser humano.
Por un lado, estos palitos son el conjunto del bien. Este conjunto incluiría
todas las acciones que consideramos moralmente correctas, como la honestidad,
la compasión, la justicia, el respeto, etc. Luego tomamos estos palitos y
formamos el conjunto del mal. Este conjunto contendría las acciones que consideramos
moralmente incorrectas, como la mentira, el robo, el asesinato, la crueldad,
etc. Luego si haces intersección en donde todo es radical, la intersección de
ambos conjuntos sería vacía, ya que una acción no puede ser simultáneamente
buena y mala. Así lo solemos ver en nuestra mente y nuestros actos o de los
demás, pero si se complementan, entonces hizo una intercepción formando palitos
de un lado y otro, este conjunto representaría todas las acciones posibles,
tanto buenas como malas. Ocurren al tiempo y eso nos lleva a cierto relativismo
que nos puede generar mucha confusión. A
veces la acción es buena para ti y mala para otro, pero en raras
ocasiones es buena para todos y mala para todos. Hay que reflexionar y pensarse
así mismo de manera constante. Es la labor de la lógica y la ética en constante
dialéctica. Ayudas a alguien y lo muestras en las redes sociales. Eso es bueno,
pero eso atrae la atención de los envidiosos y violentos del régimen. Eso es
malo. Le quitas violentamente a ricos y le regalas una parte a pobres aliviando
el hambre. Haces el mal para hacer un bien. Y así vas. Lo que hemos visto son
ecos constantes de esas realidades.
- Entiendo. Sería lo de no
hay mal que por bien no venga ¿No?
- Y también sin sombra no
hay luz. Hay de hecho una canción de eso. De un grupo. No recuerdo su nombre.
- Sentimiento Muerto.
- Sí puede ser. No lo sé.
No estoy al día. Lo cierto es que los límites entre el bien y el mal pueden ser
difusos y variar según las culturas, las personas y las circunstancias. En
realidad, la mayoría de las acciones humanas no son puramente buenas o malas,
sino que contienen elementos de ambos y desde luego el significado moral de una
acción depende del contexto en el que se realiza. Ahora en este mundo, todo
esto está muy revuelto ¿Lo ves?
- Sí. Algo de eso he
pensado en mi vida ¿Lo he hecho mal?
- Eso lo sabrás tu con el
tiempo. Ahora lo importante es seguir saliendo de este país ¿Vamos?
- Sí. Vamos. - Se
levantaron y fueron al taxi que estaba rodeado de unos guardias del pueblo
viendo la placa. Se giraron y vieron a la chica y luego al taxista. Preguntaron
por su documentación y ella pudo ver a Pánico hablando con una señora en la
esquina y luego girando la vista hacia el taxi. Estaba sonriente. Casi
exultante, pero luego le cambió el rostro al registro de decepción cuando se
escuchó del otro lado de la acera un grito. Una orden.
- ¡Dejen quieto a mi pana
Rafael! ¡Está todo en regla con él! - Gritó otro guardia con más galones en el
hombro.
- ¡Capitán! – Le gritó
con afecto Mario, Cristancho o Rafael como ahora le llamaban.
- ¿Cómo está la vaina…
viejito?
- Pues ya ve. En la
chamba – le respondió Rafael dándole un abrazo - ¿Cómo está la vaina hijo?
- Bien mi viejito-
Entonces el capitán vio a la chica y la contempló con curiosidad. Miró a los
demás guardias y les dio la orden de retirarse. Estos se fueron como cachorros
regañados. Y el capitán se acercó a ella y le dijo – la conozco. Está en las novedades.
Va rumbo a Villa del Rosario y va en buenas manos – dijo girándose hacia Rafael
– él es como mi padre. Me ha ayudado un montón en la vida. Y por eso le
ayudaré. Miren…- se quedó pensativo afirmando, mirando hacia el piso y luego al
viejo – pasen luego de las 5 de la mañana. Estará al mando el teniente Ojeda.
Es como mi hermano. Le diré que esté atento a su taxi y le de paso franco. Eso
sí. Usted con gorrita y lentes y si puede hágase la dormida. Póngase algo en el
cuerpo como si tuviera frío. Arrópese. Eso alejará la curiosidad. El viejito
sabrá cómo actuar ¿Entendido?
- ¿Algo que pueda hacer
por ti hijo? – le preguntó el viejo agradecido.
- De vuelta, me gustaría
que me escuchara. Tengo muchas cosas que contarle y consultarle.
- Dalo por hecho – y el
viejo y él se abrazaron.
Se montaron en el taxi y
salieron de la ciudad ascendiendo y descendiendo montañas por una carretera
curva con uno que otro taxi o carro particular. Llegaron a Santos Michelena. Se
detuvieron en un recodo y al frente, al otro lado de la frontera, estaba Villa
del Rosario. Solo había que cruzar el puesto antes del puente sobre el río
Tapón. Decidieron esperar en otro recodo de la carretera amparado en la
oscuridad de la madrugada.
- Pasaremos a las 5:30 –
dijo el viejo y así hicieron. Tal como le indicó el capitán. No hubo
contratiempo alguno. Ya eran las 6 am cuando él la dejó a la puerta de un hotel
4 estrellas de la ciudad.
- ¿Quiere que le reserve
una habitación para que descanse y se va cuando quiera? – Le ofreció ella.
- No hija. Me devuelvo a
cumplirle el favor al capitán. Aprovecho ahora que está de guardia el mismo
teniente. Descanso en Santa Ana. Allí tengo donde quedarme.
- Tengo aquí el dinero.
Tome. Tiene algo más por todo lo que me ha ayudado. Ha sido un ángel.
El viejo tomó el dinero y
no lo contó y le dio las gracias tomándole las manos y mirándole a los ojos.
- No tengo como
agradecerle con más. Si quiere deme una cuenta y le deposito más. – Decía ella
con sincero interés – puedo, de hecho, articular mis redes para ayudarle en su
pequeña labor filantrópica…-
El viejo negó con la
cabeza y sin soltarle la mano mirándole a los ojos le dijo - hija, un buen día
leí una frase de San Vicente Ferrer que define todo esto que te pasa a ti y que
admiras en mí y es “El bien no hace ruido y el ruido no hace bien”. Ve con
Dios, sigue haciendo el bien y no hagas más ruido.
Y así girándose en medio
del sol rosarino, el viejo taxista se desvaneció a pocos metros y ni rastro del
taxi solo una voz a sus espaldas que por su nombre le llamaba. - ¿María de la
Cruz? Hola. Alguien nos comunicó que estaba aquí. Somos de la embajada de Atlántida.
Nos decían que querías pedir asilo…





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