El Guindilla
Las hojillas heladas de
la Castellana pulsaban sus mejillas regordetas y le recordaban que acababa de
pasar su última Navidad con el amor de su vida.
Siempre gustaba tomar el
café fuera de los bares hiciera frío o calor. Este bar lo conocía bien. Era uno
de esos que les hacían encargos estrafalarios. Llevar un hombre borracho a su
casa. Encontrar piezas de carne de mejor valor en el tejido de contrabando
madrileño, hacer guardia en la madrugada para mejores piezas de mariscos en
MercaMadrid. También era el bar desde donde esperaba para hacer encargos
parecidos o de más alto vuelo al Hotel Continental que quedaba justo cruzando
el gran paseo. Y hacía allá. Hacia el hotel de cinco estrellas dirigía
eventualmente su mirada a la vez que saludaba a uno que otro vecino madrugador
que lo miraba con agrado.
El Guindilla era muy
querido y apreciado. Conversación ágil. Llana. Inteligente. La sabiduría de la
calle, pero se atisbaba una que otra lectura o al menos alguna curiosidad o
intención para mejorar su léxico y pronunciación. Como algunos de su clase
social, sin herencia y apellido, había visto y vivido de todo. Tuvo una
infancia feliz hasta la muerte de su madre y la llegada de la custodia de su
tío. Hijo de madre soltera que le dio todo el único amor que conoció en la vida
hasta que llegó Almudena. Con la orfandad, la pobreza ingente. El maltrato del
tío. Pudo terminar algunos años de la secundaria, pero no siguió. Las malas
compañías lo metieron a trompicones en el mundo de la supervivencia de los
bajos fondos madrileños y de allí nunca salió ni lo intentó, aunque sí puso sus
límites: “no mato, no agredo. Para salirme del resto de los mandamientos tal
vez me tenga a su merced”. Su especialidad era encontrar cosas que las cadenas
de suministros habituales no encontraban o tenían a tiempo por los canales
regulares. Tenía su propia red de cadenas de suministros. La de sus amigos de
la calle en un eterno quid pro quo vital. Desde vinos caros hasta habanos,
desde carnes especiales hasta mediar para conseguir una suite en momentos de un
Madrid saturado, pero lo que mejor se le daba gracias a su discreción era
llevar y devolver prostitutas de lujo a los hoteles o casas de grandes
personalidades. Para eso tenía una van que cuidaba con esmero para que las
muchachas o muchachos no se sintieran mal en el trance. No era lo que más
conducía, pues lo habitual era trajinar en su furgoneta con la bendición de la
mafia búlgara y rusa que ya controlaba buena parte de la ciudad. La policía le
daba paso franco no por las mafias sino porque ya estaban cansados de detenerlo
y encontrar facturas y todo en orden con lo que llevaba encima y cuando llevaba
a las muchachas a mansiones simplemente era un traslado bajo su pequeña empresa
de transporte privado que era solo esa van. Tuvo en un tiempo un taxi, pero le
salía costoso y lidiar con empleados le resultaba engorroso. Prefería trabajar
solo.
El Guindilla trabajaba en
ese punto en el que las altas esferas sociales y los pobres se trataban: El
vicio. Estaba convencido en su filosofía de calle que el vicio unificaba más
que la virtud y el bajo vientre gobernaba al mundo, aunque concedía ante el
padre Cupertino, conocido por redimir prostitutas, que la virtud también era
una cualidad que de vez en cuando emergía por los caminos misteriosos del señor.
Esa madrugada estaba más
solo que nunca y sin dejar de mirar al Continental decidió acercarse a la
manzana del hotel para entrar por las cocinas. Allí también tenía paso franco. Solo
que esta vez no iba a llevar un cochinillo o una botella de vino o unas
prostitutas de alto vuelo, aunque se preocupó por simular llevar una caja de un
vino.
Caminó bajo las tripas
del hotel y se detuvo frente a un ascensor de servicios que le llevaría a las
puertas falsas del nivel de las suites. Lo que había visto horas antes al estar
allí le había aterrado, pero en realidad lo que le hizo cambiar de opinión y
volver fue ver a Iván entre los clientes con una sonrisa y un “¡mira qué
casualidad!”, los niños semi desnudos y la mirada perdida de Almudena tendida
en la sala de su casa bañada de sangre. Muerta. No tardó en entender cuando la
vio allí que al final había sido Iván quien había cumplido su venganza y a
partir de ese momento se desató el infierno en su cabeza.
Antes de encontrar a
Almudena se había negado a llevar a los niños de vuelta a un punto de contacto
en un orfanato. Estaba claro que habían sido violados por los clientes.
Magnates. Su negocio habitual era el traslado discreto de las prostitutas a las
que iba a buscar como siempre y no los niños. Eso era de Iván y este le ordenó
llevar a los niños. No aceptó porque veía en la orden una trampa. Se la tenía
jurada. Lo miró con desdén y se fue para encontrar a Almudena muerta en su casa.
El amor de su vida. La
conoció a la orilla de la M-30 cuando Iván y su gente la estaban golpeando
salvajemente, pero en realidad, ya la había conocido antes. Almudena
García-Pijuan, como su apellido lo indicaba, no era una chica de barrio bajo.
Era de una familia de elevado abolengo. El Guindilla recordó al salir del
ascensor, en el rellano que le separaba de la puerta falsa que daría al pasillo
de las suites, el día que vio por primera vez a Almudena. Sonrió al borde de
las lágrimas mirando al piso. Estaba en la piscina con sus amigas. Él ayudaba a
su tío a llevar el butano a la mansión donde vivía la familia García-Pijuan.
Faltaba una pieza para reparar un enlace de las tuberías de calefacción y el
Guindilla perdió el camino para toparse con la mirada azul marino de Almudena.
Ella lo vio unos segundos y siguió concentrada en sus amigas. Él siguió
buscando su camino y así pasó el tiempo hasta que la volvió encontrar, sin
reconocerla de buenas a primeras, desmayada en una cuneta de la M-30 mientras
los hombres del Iván le pateaban. El Guindilla paró su furgoneta como un rayo y
con una llave de cruz en una mano y un machete en la otra neutralizó a los
hombres de Iván y se puso frente a este quien con las manos en alto sorprendido
mientras el Guindilla le apuntaba con su machete le dijo “te conozco. Somos del
mismo equipo. Trabajamos para Gustav. Tu eres el Guindilla”. Entonces el
Guindilla aclaró la vista y bajó el machete “y tu Iván”. Miró a la chica y luego
a Iván para preguntarle “¿Por qué?”. Entonces Iván le respondió encogiéndose de
hombros “cosas mías. No te metas”. “Me meto” dijo en seco el Guindilla y sin
soltar el machete tocó el pulso de la mujer y le preguntó si estaba bien. Ella
balbuceó algo. Entonces sin más el Guindilla con un solo brazo se la montó en
uno de sus hombros y se la llevó a la furgoneta rumbo al hospital observando al
pasar a su lado a un Iván todavía en el lugar en el que le dio la espalda,
rodeado de sus hombres desmayados por la golpiza, una pistola en una mano y un
teléfono móvil en la otra. El Guindilla la dejó en el hospital y dejó su número
para cualquier cosa. Lo que seguiría en aquellos días era explicarle a Gustav
el incidente y así lo hizo en su mansión. Gustav dirigía toda la mafia búlgara
en la ciudad y entre sus intereses estaba el control de las prostitutas y
algunas zonas de drogas. El Guindilla lo conoció cuando en una ocasión le sacó
por la trastienda de un hotel cuando estuvo a punto de ser acribillado por unos
marselleses. Gustav le debía ese favor al Guindilla y este terminó haciéndole
favores menores. No quiso meterse en las drogas y a lo sumo se encargaba de lo
del traslado de las prostitutas. Gustav le protegía, pero pelearse con el jefe
de sus matones ya eran palabras mayores. Gustav medió y le dio garantías de
seguridad al Guindilla de que nada le pasaría por el incidente. Iván aceptó las
disculpas con sonrisa reptiliana. El Guindilla nunca le creyó. Una llamada
desde el hospital esa misma tarde de acuerdo de paz le acercó al hospital.
Almudena, recuperada, preguntó por él. El Guindilla se acercó de mala gana y
viéndola en la habitación su rostro le pareció conocido. Habían pasado unos 20
años desde la primera vez que se habían visto. Su forma de darle las gracias
por salvarla llamó su atención y una sonrisa con sus ojos azules iluminados al
preguntarle su nombre y presentarse, le enamoró.
Almudena no tenía a donde
ir. El cómo terminó en prostituta a punto de ser retirada y asesinada comenzó
con una violación de uno de los amigos de su padre a los 10 años. Su padre y su
amigo eran duques y ricos. Almudena al convertirse en adolescente en su
descubrimiento sexual fue girando hacia la ninfomanía hasta que un día a punto
de ser metida en un convento por su comportamiento irresoluto se escapó.
Pasaron los años con una mesada enviada por su madre, pero al morir esta su
padre la desheredó. Entonces encontró en la prostitución de lujo la mejor forma
de ganarse la vida y sostener su ritmo de gasto. Desde luego, todo tenía fecha
de caducidad y entre la cocaína y el alcohol dicha fecha acortó la distancia.
Fue bajando de categoría. Intentó montar su propio negocio de meretrices, pero
tenía que pasar por la caja de la mafia. En su arrogancia de origen no aceptó y
terminó varias veces recibiendo palizas con la complicidad policial de por
medio. Entonces con varias recaídas terminó de prostituta de medio nivel a
punto de llegar al más bajo cuando se la encontró el Guindilla.
“Me llamó José Antonio.
Los amigos me llaman el Guindilla”, dijo estrechándole la mano. Ella lo miró
como calando su alma y él le sostuvo la mirada tratando de escrutar la
familiaridad que le insinuaba su memoria.
“José Antonio. Me han
dado el alta. No tengo a dónde ir. Me puedes ayudar a encontrar un sitio donde
pasar un par de noches”. El Guindilla asintió “en mi casa. Hay una habitación
que le puedo acondicionar”. Ella se llevó las manos al pecho para agradecerle y
le dijo “dame tiempo para alistarme”.
Salió con un chándal que
le habían regalado las monjas del hospital y no con el vestido ensangrentado
con el que la dejó en emergencia. Él la invitó a comer algo, aunque ella estaba
inapetente y luego la llevó a su casa. Le preparó nervioso una cama en una
habitación anexa. Esa noche no durmió allí Almudena. Despertó en los brazos de
“José Antonio” como ella prefería llamarle. El sexo vino a los meses. Ella solo
quería sentir los brazos fuertes de José Antonio y su respiración al oído como
cúpula protectora del mal que hasta hace poco le rodeaba. Y así ambos
construyeron un hogar lamiéndose las heridas del alma y el cuerpo. Así
descubrieron que ya se habían visto y que la vida los unía en medio de los
abismos madrileños.
José Antonio comenzó a
llorar en el rellano y a sentir rabia cuando recordó la insistencia de Iván en
destruir ese hogar. Gustav lo salvó todo este tiempo, pero apareció muerto en
un pantano hace un par de semanas y las cosas del mundo de la mafia estaban
raras. Al parecer, Iván era el nuevo jefe. Eso preocupó al Guindilla y no le
había dicho nada a Almudena porque ella estaba feliz concentrada en su negocio
de corte y costura. No la quería asustar, aunque era claro que tarde o temprano
el Iván volvería aparecer. Lo que no contaba el Guindilla era que apareciera
tan pronto. Que ese hogar amoroso entre un recadero de la mafia y una ex
prostituta estuviera tan alto en su lista de prioridades. Al toparse con Iván
horas antes entendió que lo que se manejaba en las suites era algo pesado.
Averiguó con los conserjes del hotel al salir y era una fiesta de banqueros y
empresarios. Iván estaría seguramente de invitado o sería el anillo que
suministraba los placeres desde drogas hasta mujeres. Lo que no esperaba,
aunque no era ingenuo, era que necesitaran una cantidad tan grande adolescentes
y niños. “Esos niños y adolescentes” preguntó el Guindilla a uno de los
conserjes y respondió “no es asunto mío y no debería ser el tuyo sino
recogerlos y sacarlos de aquí”. “Si, pero cómo entraron. No los traje yo”. El
conserje se encogió los hombros “entraron por las cocinas”. Entonces el
Guindilla al recordar eso vaciló en cruzar la puerta secreta. Pensó que era
posible que Iván y su gente conociera ese mismo acceso. Eran tres más Iván y él
le interesaba solo Iván, pero tenía que hacerse con los tres. Ya los niños eran
lo de menos. Ya sus vidas estaban perdidas ¿Y los banqueros? Esa no es mi
guerra. Es Iván. Espero unos minutos a la llamada de Carlos. Un periodista de
sucesos al que le había dicho en una llamada telefónica una hora antes desde la
cafetería: “ven al hotel continental y sube al piso previo a las suites si
quieres ver lo que buscas. Yo te llamaré cuando todo esté al descubierto y te
haré subir”. Carlos solía consultarle al Guindilla cosas y el Guindilla le
orientaba en sus pesquisas con la condición de que no le pidiera información
precisa que le delatara. El periodista solía pagarle algo por eso, pero el
Guindilla no entendió nunca porque le ayudaba y le cobraba casi nada hasta esa
madrugada cuando conducía hacia la Castellana para vengar el asesinato de Almudena.
Carlos llegó. Estaba en el piso que le indicó y el Guindilla desajustó el
machete que tenía dentro de la chaqueta. Activó su navaja. Se persignó y se
dijo: “al lío”.
Entonces cruzó la puerta
secreta del ascensor esperando que el cambio de guardia no activara a los video
vigilantes del hotel. El pasillo estaba vacío. Avanzó lentamente a la suite 3 y
esperó en la puerta secreta que estaba a 3 metros de esa parte del pasillo con
la ranura entreabierta para saltar apenas se abriera la suite. En su mano solo
tenía su navaja y entre la chaqueta su machete se movía al ritmo de los latidos
acelerado de su corazón. No sabía cómo lo haría. Eso se lo dejaría a sus
reflejos como siempre. Como en tantos lances que le ganaron algo de respeto en
las calles del sur de la ciudad y la noche en que salvó a Almudena. Escuchó que
se acercaba uno de los hombres de Iván hablando por teléfono en un idioma
eslavo que naturalmente desconocía. En silencio y rápido hizo un corte profundo
en la parte de atrás de su cuello apenas abrió la puerta de la suite. Cayó el
eslavo como un muñeco a la moqueta del pasillo y entró el Guindilla ya con el
machete en la mano y la navaja en la otra para encontrarse con otro eslavo al
que le clavó el machete en la mitad de la cara dejándolo muerto de un solo
lance. Un grito ahogado se escuchó a su derecha y eran tres niños y una niña
aterrados en el sofá al que el Guindilla le hizo la señal de silencio con la
navaja sustituyendo su dedo índice. Entonces se acercó y al ver que faltaba uno
de los eslavos, preguntó susurrando “indicadme, chicos donde están los otros”.
Uno de ellos señaló a una puerta y otro a otra puerta. Entonces el Guindilla
volvió a preguntar “¿El de la coleta en qué puerta está?” Uno de los niños
señaló la puerta que estaba a la espalda del Guindilla. Y entonces él se
dirigió a la otra detrás de la cual sonó un inodoro bajando. Espero a que
saliera el tercer eslavo, aunque vaciló un poco por no querer terminar matando
a un banquero. Se percató por la silueta y este apenas se giró recibió un
machetazo también en el medio de la cara cayendo de espalda sacudiéndose dentro
del mismo baño para luego el Guindilla con ayuda del pie arrancarle el machete
y rematarlo varias veces. Sin esperar mucho, el Guindilla luego de hacerle una
señal de calma a los niños abrió suavemente la puerta de una habitación y vio
sobre la cama un niño desnudo y encima sodomizándole un hombre que no conocía. En
una silla a espalda de la puerta estaba Iván masturbándose con la escena. No lo
pensó. Veloz entró tomó la coleta de Iván y lo decapitó de dos golpes arrojando
la cabeza a una esquina con la sangre del cuello de Iván bañándolo todo.
El hombre que sodomizaba
al niño gritó espantado. El niño estaba desmayado y el hombre desnudo seguía
gritando arrinconado en la cama y el Guindilla le hizo lo mismo que a los
eslavos. Se abrió la puerta y otro hombre en bata del hotel miró horrorizado y
echó a correr para salir de la suite, pero el Guindilla le dio alcance
lanzándole el machete a las piernas haciéndole caer. Otros dos hombres, uno en
bata y otro con traje sin corbata estaban paralizados ante el panorama y con el
machete el Guindilla les preguntó mientras tenía al hombre neutralizado con una
llave y el machete en el cuello “¿Cuántos sois en total?”. Los hombres no
respondieron y el Guindilla les ordenó “sentaros”. Y lo hicieron al lado de los
niños. El Guindilla degolló al que neutralizó y con una rapidez inusitada neutralizó
y mató a los otros. Luego sacó el teléfono y le dijo al periodista: “Carlos,
espero que tu teléfono grabe bien y saque buenas fotos. Vas a cubrir un
asesinato múltiple, el rescate de unos niños en una red de pedofilia, unos
banqueros pedófilos y la entrega del asesino. Llamaré la policía si es que el
hotel no avisa primera, apenas me tomes declaración. Apúrate. Suite 3 y si no
puedes subir espera que te busco”.
Miró a los niños. Los
calmó y se quedó en la ventana viendo el despertar de Madrid.


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