El olor y la corbata
Eran ya 5 días con sus noches y su madre no sabía nada.
Los primos del DF, tres días antes, tampoco sabían cómo decirle que no las encontraban porque estaban más preocupados en buscar a sus padres hasta que recordaron, por la llamada de su tía, que tenían unas primas trabajando por la Avenida Oaxaca.
-Pos si no hay noticias es que están bien- se dijo uno de ellos como para quitarse algo del remordimiento por el olvido.
No fue sino hasta el segundo día que su tía Julieta pudo comunicarse desde Mérida para decir que no sabía nada de Julietita y Marcela. Entonces los primos se llevaron las manos a la cabeza ¿O sus padres o sus primas? Vaya dilema. Fácil de responder, dijo uno de ellos, hasta que aparecieron sus padres sin un rasguño pues estaban al otro extremo de la ciudad visitando a unos amigos especialistas en medicina alternativa y allí se quedaron atrapados por el colapso de las vías.
Entonces, los primos fueron en búsqueda de sus primas. Cuando eso ocurrió ya era el tercer día y no fue fácil establecer si las muchachas estaban o no entre las víctimas.
Y la verdad que no lo estaban. Apenas llegaron los primos a lo que era el edificio de trabajo, según indicaciones de su tía, no pudieron ver que a sus espaldas Julietita y Marcela abandonaban la zona de desastre sin nada más que lo puesto. Avanzaron por la Álvaro Obregón para terminar cruzando a la izquierda por la Orizaba, buscando una forma de salir de DF y llegar a Mérida.
Llegaron por bus a su casa.
Cuando su madre las vio aparecer al sexto día era un popurrí de oraciones, gestos y señales de cruces. Se abrazaron, lloraron y se sentaron en la mesita de la cocina a tomarse una manzanilla con galletas mientras que las vecinas preparaban algo de comer con lo que encontraban en el refrigerador.
- Y ahora.... Ambas sin lugar de trabajo ¿Cómo va a hacer la empresa para trabajar con el edificio por los suelos?- dijo la madre angustiada percatándose de la mirada de desconcierto entre las hermanas.
-Mamá- dijo Marcela concentrándose en su taza- esa mañana nos despidieron.
-De hecho, nos sacaron de las oficinas por medidas de protección a la confidencialidad de la documentación de la empresa- completó Julietita.
La madre las miraba tratando de dar crédito y escuchándose buscar las palabras exactas para pedir más explicaciones.
-Pero.... ¿Por qué?- dijo al final de tanto tartamudear.
-Reducción de costes mamá- dijo Julietita- despidieron a 5 empleados, entre ellos, nosotras.
-Eramos innecesarios según el jefe de personal- completó Marcela.
-Pero si tenían apenas dos meses y algo... ¿No entiendo cómo pudieron hacer eso?- seguía incrédula su madre.
Marcela sonrió, vio su taza como si la manzanilla le dijera todo lo que tenía que decir. Julietita miraba hacia la ventana con una cara de profunda reflexión y entonces le dijo a su madre: Ya ves mamá, eso fue lo que nos salvó. Apenas nos echaron a la calle, un par de horas luego del simulacro, no habían pasado unos minutos cuando tembló. De hecho, estábamos llorando ambas cuando comenzó y corrimos a resguardarnos a unos metros, diagonal al edificio, en plena calle, y de repente escuchamos un crujir y la gente comenzó a correr. Miramos hacia el edificio y retrocedimos sin quitarle la vista y pudimos ver como se derrumbó enterito, como si sus pisos fueran naipes o galletas. Solo sobrevivieron dos vigilantes y dos señoras de la limpieza. El resto falleció. Incluidos nuestros jefes.
-¡Virgencita de Guadalupe!- exclamó su madre saltando de la silla haciendo infinitas señales de la cruz entre su cuerpo y el cielo.
-¡Es increíble!- exclamó una de la vecinas.
-A poco que es un milagro- completó la otra sin dejarse de persignar.
-¿Y por qué tardaron tanto en venir y comunicarse?- preguntó una tercera vecina recibiendo una mirada hostil por parte de la madre.
- Pues, porque nos pusimos a rescatar a nuestros ya ex compañeros de trabajo y ex jefes - continuó Marcela con aire de autoridad tomando la taza con cierta elegancia y disfrutando de la cara de admiración de las presentes - Muchos nos pusimos a trabajar horas y horas para no encontrar a casi nadie vivo. Algo muy triste porque en realidad pensábamos en todos, pero sobre todo en aquellos que nos dieron unas palabras de aliento al minuto del despido. Creo que lo hacíamos más por ellos, pero luego con el paso de las horas nos sentíamos parte de un todo, de un gigante rescatador que no paraba hasta buscar vidas que no iban apareciendo. Solo los cuatro que sobrevivieron y el resto eran cuerpos llenos de polvo, tierra y sangre. Incluidos nuestro jefe y el director del personal. Los reconocimos por sus ropas, pues sus cabezas estaban destrozadas.
-¡Dios mío!- gritó la madre.
-Sí... Fue duro- soltó como si nada Julietita- Y aquí estamos mamá, sin empleos pero vivas. Tan solo con el mal recuerdo del olor a muerte y la corbata.
-¿La corbata?- preguntaron todas, incluida Marcela.
-Si. La corbata de nuestro jefe. La recuerdo bien porque apenas llegamos en la mañana me invitó a su despacho a hablar de mi futuro y me hizo una proposición indecente. Se abalanzó sobre mí y como pude escapé de su oficina. Recuerdo su corbata. Era la corbata más fea que había visto en mi vida. Tenía pelotas de baseball y bugs bunnies o coyotes de los dibujos animados con colores vivos. Era muy fea y su aliento era putrefacto, parecido al olor que luego percibí desescombrando. Por momentos, pensé, que estaba a centímetros de su respiración, pero no, lo primero que salío luego de un día tratando de sacar vivos para solo sacar muertos fue su corbata y ese mismo olor.
Todas guardaron silencio. Unas mirando sus tazas, otras el suelo. Desde fuera se escuchaban los ecos de los noticieros de las casas vecinas y dos perros. No sabían cómo interpretar todo aquello. Si castigo divino llevándose a tantos inocentes o si cosas de la vida donde Dios no tiene vela literalmente en ese entierro. No sabían qué opción tomar y la verdad, concluyeron todas para sus adentros, de nada serviría llegar a alguna conclusión.
Julietita de pronto sintió escalofríos y se puso pálida. La llevaron a su cama. Le dijo a su madre que la perdonara por contar estas cosas feas. Su madre le dio un beso en la frente y la abrazó como lo hacía cuando niña.
-No hay que buscar nada más en DF mi niña- Le dijo- A partir de ahora nos quedamos cerca una de la otra. Esto ha sido una señal. Muy fea, pero señal al fínal de todo.
-Mamá- dijo Julietita con voz adormilada-
-¿Qué hijita?
-¿Por qué pasan estas cosas?



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