Entre narcos, una escuela de brokers y el consulado de Colombia



"Acerca tu celular parcerito" decía el anuncio y luego cambiaba la imagen con la palabra "Narcos".

Por un momento no asocié las palabras con la imagen que se supone es de un narco del antigüo cartel de Cali. Todo es muy pop para esta gente de las europas.

Los españoles han enloquecido con esta serie. Buses, carteles, avisos muy vistosos en todos lados, a la vista de niños, como si fueran héroes, incluso coqueteando con frases de la folklorica política local que no son menos criminales, desde luego.

Estaba en esa esquina viendo el anuncio, de esos que no son fijos. De esos que cambian una y otra vez ¿Por qué esta vez me quedo paralizado como si la cosa fuera conmigo?

Me giré. A 20 metros acababa de pasar el consulado de Colombia con su bella bandera desplegada y en el mismo edificio está una escuela de brokers con españolitos muy jóvenes en receso compartiendo anécdotas de la noche anterior, a mi derecha a una manzana la comandancia de la armada española y más allá el museo naval y el colegio de abogados, mucho más allá el Palace, el Ritz, el monumento al soldado desconocido, el Prado. Vaya lugar simbólico para que un caleño me diga "parcerito acerca tu celular" y venderme una serie de narcos: en la fucking puerta de las drogas en Europa.

Tal vez fuera simplemente una anécdota más, pero no. Soy latinoamericano. En mi continente se han librado y se libran verdaderas batallas supuestamente para evitar o lograr (según como se mire), que los gilipollas norteños que me rodean esnifen y se coloquen. Ellos no saben lo que es encontrar un cadaver descuartizado en una avenida de tu ciudad, ni dormir con balaceras, ni vivir la angustia de un secuestrado o que aparezca de repente una moto con dos hombres sin saber sus intenciones. No lo saben. Solo lo ven por neftlix.

Salvo por sus incontables guerras y dictaduras (que ya no viven), o fiestas de pueblo o corridas de toro, no saben toda la salvajada que hay detrás de cada tabaquito de marihuana que se mete o cada gramo que se esnifan o inyectan. Diría que eso también aplica para las élites latinoamericanas o africanas. Son en parte, partícipe en esas salvajadas pero buena parte de las mismas prefieren mirar a otro lado o hacerse el que no sabe nada de eso.

¿Cuántos estudiantes en receso de aquella escuela son responsables con su consumo de tantas muertes en África o Latinoamérica? ¿Cuántos lavarán el dinero del narco cuando ya sean más grandes? ¿Por qué no se penaliza el consumo de drogas? Muy complejo dicen los encargados de las políticas de seguridad. Legalizarlo ni por asomo. Un problema de salud pública comenta otro por allá.

Los jóvenes se drogan. Bien. Es su problema. Y el gobierno dice no los penalizo a ellos, lo hago con la oferta. Se eleva el precio, y como es ilegal entra en el territorio del crimen organizado. Uy! Hay que gastar en presupuestos policiales y de los ejércitos, vender más armas, equipos sofisticados de vigilancia: la guerra contra las drogas. Todo un negocio pagado en parte por las mismas drogas. Pues al final, ese dinero circula libremente por los entornos financieros norteños. Paga candidatos, paga redes de crimen organizado, el hotel donde pasa sus vacaciones, el chiringuito donde come su paella veraniega. Dinero súbito, como diría Saviano.

Muy complejo dicen los especialistas. Siguen sus vidas y yo con la mía.

Una serie, narcos, banaliza todo el dolor detrás de la oferta como si un balazo fuera una sensación pop.

Ya quisiera verlos cara a cara con un Pablo Escobar o a lo mejor estos consumidores son Pablo Escobar o El Chapo Guzmán. Solo que sin armas, pero más peligrosos.



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