Estoy hasta la polla...
Van 6 días de septiembre y es la frase que más he escuchado mientras camino por Madrid.
Afortunadamente, yo no estoy hasta la polla. Estoy bien. Tranquilo. Acostumbrado a la inercia de la cotidianidad, a esas cosas que por más que lo intentes no cambiarás ni te incumben. Simplemente están y seguirán allí. La vanidad, los egos, los miedos, las esperanzas, las narrativas, los deseos, las motivaciones, los circuitos de poder. Ese ir y venir como pequeñas amebas online y offline. No obstante, ese "estoy hasta las polla" es, como dice la canción, "una alarma a mis oídos".
Tal vez es el retorno de las vacaciones o efecto post-vacacional (enfermedad del desmotivado o vago).
Como extranjero siempre me asombra ese hábito migratorio ibérico homínido de las vacaciones. En mi caso, así me las den, no me muevo de Madrid. Es precisamente cuando Madrid está divina, sobre todo en sus respectivos barrios no turísticos.
Hay días de agosto en que puedes hacer body balance, pilates o yoga en medio de tu calle y ni un coche te molesta pues todos los connochaetes de la capital española parten a minar las costas, montañas o pueblos propios o adoptivos a disfrutar de sus vacaciones y estar a merced de otros depredadores o en otras palabras de la hostelería y restauración.
Cuando me preguntan ¿A dónde fuiste? Y les respondo a caminar por Madrid: me miran raro. Este tipo es frikie.
También es conmovedor ese delirio por el sol de los españoles y el resto de los europeos. Los veo ahí tostándose criminalmente, invocando el futuro cáncer de piel, como si estuviera a punto de agotarse el astro rey. Sin duda conmueve. Pobrecillos. Es lo que tiene el no haber nacido en un país sin estaciones y más aún caribeño. En mi caso, no huyo del sol pero le respeto. Bastante que he llevado por las costas, montañas, selvas y llanuras de Venezuela como para andar rostizándome como tedesco deprimente buscando ser moreno café. La gente que se aburre.
O tal vez están hasta la polla por la imprevisibilidad y diría también debilidad institucional española, especialmente, de su sector privado.
Septiembre es el mes de las esperanzas perdidas, de los despidos súbitos. Y aquí me detengo un poco. A ver cómo lo explico. Tal vez tiene que ver con nuevos tiempos pues no sé si es endémico español o europeo.
Mi experiencia laboral en Venezuela se registró mayoritariamente en el sector público, aunque toqué pinitos en el privado y no me gustó. Muy probablemente porque eran pequeñas empresas y eso hacía que no te pagaran puntual por cualquier pretexto.
Hasta la llegada de Chávez al poder nunca había visto despidos súbitos en el sector público. Luego de 1999 vi varios, sobre todo, cuando se despedía porque el desgraciado de turno no le soplaba la polla al chavista de turno, unos hijos de puta a escala universal. Nuncan confíen en un chavista.
A partir de Chávez comencé a contemplar y sufrir el horror de los totalitarismos. Te follan y no tienes derecho a decir ay. En España, que salió hace poco de una dictadura, al menos dices: estoy hasta la polla.
Precisamente, ha sido en España donde he trabajado más con el sector privado y mi experiencia en particular no ha sido traumática pero sí para el entorno en el que me he movido, es decir, proveedores, clientes, socios o competidores. El déspido súbito es algo natural, diría que estacional.
He llegado a pensar que en España hay una manía por despedir sin avisar con suficiente anticipación, sobre todo, en septiembre, a la vuelta de las vacaciones y no hablo de trabajos temporales. Eso se nota en la calle, en las noticias que cada uno trae de vuelta a la casa pero que recalan antes en los bares con los amiguetes o camino a algún destino desconocido a drenar la frustración. Tal vez allí y en ese momento es donde escucho de pasada el "estoy hasta la polla".
Cierto es que el español se caracteriza por soltar tacos y blasfemias hasta cuando le va bien, pero aún así ese "estoy hasta la polla" sigue siendo alarma a mis oídos.
¿Qué hace que los despidos sean tan súbitos y traicioneros? ¿Cómo un país entero se desconecta durante dos meses tan solo para buscar el sol lejos de sus lugares de productividad para terminar no pocos blasfemando porque les toca trabajar? Son cosas que siempre me han llamado la atención.
Y ojito, no estoy hasta la polla de eso. Lo disfruto. Lo veo como un naturalista. Este país me encanta a pesar que mi cuello también puede relucir en septiembre. Eso es nada si lo comparas con la inseguridad personal en un país latinoamericano. No pocos españoles no se han enterado de la joya de país en el que viven (siempre comparando con otros países desgraciados, como el mío, por ejemplo).
Allá van los españoles y europeos, me digo, con mirada de biólogo de Discovery Channel, en sus migraciones y allá retornan muchos en septiembre para descubrir que su ecosistema ha cambiado, que han sido depredados, que la fila del paro espera y que el único consuelo, como lobo solitario en un bar es aullar: estoy hasta la pollaaaaa...... Cuando en realidad, es muy probable que le hayan hecho un favor.



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