Sangre sobre el mantel blanco


Nunca en la vida llegué a pensarlo hasta aquel momento en el que escuché a aquellos asesores del gobierno venezolano hablar de mi país como si todo estuviera bien y como si sus medidas económicas estuvieran creando una próspera Venezuela. 

Putos europeos comunistas pensé: Todo lo que dicen es mentira ¿Qué se creen? ¿Acaso pueden pensar el país desde el Melia Caracas? ¿Saben lo que es recibir aguas negras en vez de agua potable por tu ducha o ni siquiera recibir eso? ¿Que se te mueran familiares de dolor por un cáncer terrible sin tener ni siquiera morfina en los hospitales? ¿Saben cuántas personas están muriendo de hambre en aquellas tierras? Me preguntaba cada segundo ¿Qué hago aquí? ¿Por qué no hablo y digo que es mentira? Y dicho esto se levantó una muchacha y comenzó decir las verdades que hasta ese momento callaba por mera cobardía. 

El público, todo chavista español, gente de Podemos, el personal de seguridad porque estaba aquel diputado en el escenario junto a los embajadores de Venezuela, Cuba y mi amigo, el que como un chiste de mal gusto me invitó pues me presentaría un empresario petrolero que seguramente contrataría mis servicios de consultor. 

Si salto y acompaño en la protesta a la muchacha, me dije, pierdo ese potencial cliente. 

El alboroto creció pero los asesores reían desde sus asientos en el escenario, como si todo aquello fuera simplemente un circo. El circo de dolor de una niña venezolana que seguramente tendría mi mismo dolor o más. 

Sonrisas y reclamos burlones, una bofetada a la niña de parte de una funcionaria de una de las embajadas, todos los guardaespaldas tratando de sacar o callar a esa niña que tenía ya el labio partido de las agresiones compartidas, el caos en la sala y de nuevo las carcajadas de uno de los asesores, el conocido como el jesucristo de la economía, como si fuera un demonio, uno de tantos destructores ibéricos que se posaron sobre Venezuela. 

Me levanté, quise huir de todo aquello. Mi amigo, que se había bajado del escenario, me tomó del brazo y también sonreía como si aquello le gustara. Giré la cabeza buscando la calva del empresario petrolero y también miraba al caos con una sonrisa pícara en torno a la niña que no dejaba de gritar "asesinos" "son unos asesinos" "hijueputas"... Aferrada a un saliente de la pared para que no la sacaran de la sala.

Me senté, a mi derecha una sombra se desplazó. Era uno de los chicos del catering preparando la mesa junto al cortador de jamón. Bajé la cabeza, me levanté decidido hacia el cateríng, cinco, diez, doce pasos a lo sumo, tomé el cuchillo jamonero abandonado sobre la tabla, di la vuelta y avancé, veinte o treinta pasos, ante la mirada atónita de algunos presentes tomando por la cabellera larga al jesucristo de la economía, procediendo a su sacrificio. 

No recuerdo más, solo la sangre sobre el mantel blanco. Y eso es todo señor agente y señor fiscal. Obviamente, me declaro culpable y no me arrepiento. Ni se molesten por ponerme este abogado. Ya la justicia se ha hecho.

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