El inmigrante de North Carolina
Apenas tenían hambre. El bebé
no paraba de llorar. Varias horas de vuelo humanitario. No era fácil para ellos
asimilar lo que había ocurrido en cuestión de dos semanas. De repente, luego de
estar protestando por la cantidad de inmigrantes que habían llegado a su país en
los últimos años, ahora eran refugiados al otro lado del Atlántico.
No hace falta explicar que hay
guerra civil en Estados Unidos. Todo comenzó muy rápido. Un abrir y cerrar los
ojos. Como si ese país no se aguantara más y al primer disparo los estados republicanos
iniciaron una rebelión súbita. El centro y sur del país contra las costa este y
oeste. Los desplazados hacia Canadá y México se cuentan ya por miles. A
nuestros amigos unos negros les saquearon y quemaron la casa. Su ciudad, Wilmington
en Carolina del Norte sufrió un bombardeo incesante de artillería no se sabe
todavía de qué bando. Solo tenían un par de aviones humanitarios al alcance.
Uno de ellos a Madrid. Nos llamaron. No dudamos en recibirlos.
Ray y su esposa iniciaron su
desgraciado periplo como todo refugiado. Desorientados, apenados, preocupados
por los que quedaron atrás, atentos a la oportunidad de volver. Sacaban dinero
que se trajeron para ayudarnos con los gastos. Lo rechazábamos de plano. “Cámbialos
por euros si puedes y guárdalo para el futuro. No hace falta. Te ayudamos sin
problemas”. Avergonzado por contribuir a un estado de hacinamiento lo
calmábamos con la idea clara de “tranquilo, también somos inmigrantes, sabemos
algo de esto…No te preocupes… Cuando consigamos algo para que te mudes te mudas
y listo. Cuenta con nosotros. No eres molestia…”
No era fácil para ellos.
Discutían en la habitación y no podíamos meternos. Estaban bajo crisis. Su
mundo se había derrumbado ¿Qué hacer cuando eso pasa? Nosotros lo sabíamos,
pero había una diferencia. El derrumbe de ellos fue desde lo más alto y súbito.
El nuestro, el de Venezuela, fue a cámara lenta y ya estábamos en el sótano. Había tiempo para
pensar. Ellos apenas están en la fase de conciencia inicial de su realidad.
No se despegaban de las
noticias y la principal discusión era saber si lo que veían era deep fake o no.
Por ser humanista y tratar con información abierta como analista en relaciones
internacionales tenía algo de entrenamiento, pero cada día era más difícil
saber qué era real o no. La desinformación predominaba.
Un día encontré a Ray llorando
en el parque Berlín. Se suponía que había salido a dar un paseo con su esposa,
pero en una discusión ella se fue con la bebé sin destino conocido. Ray lloraba
desconsolado. Su esposa apareció con la bebé en la noche. Discutieron. Tuvimos
que entrar en acción a calmarlos. La bebé lloraba. Nuestro inglés era suficiente
para la convivencia, pero no para discusiones profundas. Solo podíamos
llamarlos a la calma con palabras suaves y cariño.
Los americanos comenzaron a
llegar en masa. Eran oleadas de refugiados de su guerra civil. España los
recibía con los brazos abiertos. Nunca he visto tanta solidaridad como la de
este pueblo. Nunca falta el que desentona. Hasta cierto punto, así es nuestro
carácter español, pero al final del día arrimamos el hombro. Con 20 años en
este país, ya me siento español casi de nacimiento, pero entiendo la condición
de refugiado. Ucranianos, afganos, libios, subsaharianos, latinoamericanos,
todos han encontrado refugio en esta península. Difícil para vivir, pero
colmada de solidaridad. Ray se enfrentaba al otro lado de la línea. Ya no era
un americano de pleno derecho, sino un refugiado más. Para los españoles
incluso eso puede resultar familiar, aunque las nuevas generaciones no lo
vivieran, pero para un americano no.
Con el paso de las semanas, ya
casi un mes, la aceptación del hecho ha calmado los ánimos. Los americanos recién
llegados comienzan a ayudarse entre sí. Algo de su riqueza la cargan encima y
se ayudan entre ellos. Ray ha conseguido un lugar a donde mudarse. A un
pueblecillo manchego. Su condición de refugiado comienza a regularizarse a la
vez que la guerra en Estados Unidos sigue. El mundo todo se sacude
económicamente y todos sufrimos. Nosotros también en parte
somos refugiados del desastre. Al menos no hay desastre nuclear a la vista.
Todo es convencional, pero el conflicto amenaza con estancarse. Las líneas de
suministros comienzan a acomodarse lentamente a ese hecho. Europa abre las
puertas a más refugiados, pero el grueso comienza a motorizar otras dinámicas y
su frustración tiene que ver con la lentitud del ritmo de los negocios en
Europa. Las trabas burocráticas para todo. Estos inmigrantes refugiados americanos
no piden ayuda económica, solo quieren trabajar al ritmo endemoniado al que
estaban acostumbrados. Los europeos se incomodan. Antes porque llegaban tipos que
no se adaptaban, especialmente musulmanes, a trabajar al menos al ritmo europeo
y cumplir las leyes. Ahora porque unos locos adictos al trabajo no quieren
dejar de trabajar y copan en competitividad todo el espectro laboral. Crean
negocios que desafían todas las reglas de la tributación. Empujan en las calles
con su vende o muere y, salvo algunos españoles que también gustan de este ritmo,
otros, los de la cañita al mediodía y vivir del cuento, se incomodan. Comienzan
los choques sociales, aunque no tan expandidos como se podía imaginar.
Ray ya ha montado un negocio
de reparaciones de casa. Ha creado sus propias herramientas. Es todo un
manitas. Se ha asociado con otros españoles y americanos revolucionando el
sector construcción de una región castellana de la España vaciada ¿Cómo lo
hizo? Bueno, es tejano de origen. Están acostumbrando a emprender en el vacío.
Nosotros observamos
maravillados el choque cultural y económico. Hasta social porque no pocos no
saben vivir sin un arma en la cintura. No obstante, mientras Estados Unidos se
expande por Europa, agradecemos el revulsivo. Los franceses son los más
resistentes al cambio. El resto, recibe con curiosidad al menos cada tendencia.
El viejo mundo se rejuvenece. Ray sigue con su familia conforme con su nueva
patria mientras en Estados Unidos viven su guerra de 30 años.
Ya no llora el inmigrante de North
Carolina en el Parque Berlín.



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