La huella del insecto
Su partida marcó de tristeza
mis días y traté de visualizarme solo para siempre.
Disfrutar de la libertad me
resultaba algo costoso de emprender.
Al retorno del trabajo me
quedaba atontado viendo la biblioteca de la sala ¿Qué leer? No quería ver
televisión ni series marcadas por el ya tradicional wokismo de marras, solo
quería leer cosas reposadas, pero no podía.
Ella partió con su novia.
Nunca imaginé que llegara a ser lesbiana el día que nos casamos. Imaginé de
todo, pero no le daba importancia. No suelo ser celoso. Confío en las personas
que están a mi lado como perro que duerme al lado de su dueño. Había notado
algo raro en una comida de amigos entre ellas dos, pero no encendí alarmas. No
quería desconfiar. Risitas entre amigos. Ya era para entonces un pobre cornudo.
Con los días me comencé a
sentir como un bicho despojado de su coraza, como el pequeño insecto que
siempre veo caminar en la pared al lado de la biblioteca y termino fumigando.
Un mañana decidí dejar seguir todo. Incluso cada insecto. No me iba a echar a
morir, pero era imposible dormir, leer, comer, hacer cosas. Ni siquiera buscar
trabajo. Despedido. Sí.
La empresa cerró mi unidad de
negocios porque iban a abrir una que empleara a negros, lesbianas, maricas y
así cubrirse de inclusión. Lo pedían los accionistas. Cuando supe la decisión,
pude pensar que la unidad no fuera tan productiva. En parte no lo era tanto
como otras. Era rentable, pero no al nivel de las más tecnológicas. Tomando
nota de eso, el CEO y su capataz de finanzas detectaron que sería mucho más
rentable pillar fondos europeos para la inclusión a corto plazo que mantener
nuestra unidad dando apenas unos euros de beneficio y todo el proceso de
innovación que habría que hacer de acuerdo con el plan que diseñamos para ganar
productividad. Éramos poco productivos, hombres, heterosexuales, algunos padres
de familia. Entrarían en nuestro lugar negros, maricas, lesbianas, gitanos etc
sin mérito conocido más allá que su identidad o con lo que ellos se identificaban.
Un circo bastante costoso para los contribuyentes.
El insecto siguió su ruta y
pasó por encima de una biografía de Churchill, una historia de la guerra de
Vietnam, para ascender a la sección de Kundera, Faulkner, García Márquez,
Arenas, Cabrera Infante y se detuvo un rato en la de Stefan Zweig quedándose
quieto sobre su Fouché.
No le puse atención. Busqué
café y volví a la biblioteca.
El insecto agitaba sus cortas
alas sobre el lomo del Fouché. Me acerqué para apartarlo y observé sus ojillos.
Por un momento, pensé que me hablaba, pero sacudí la cabeza. Él sacudió sus
alas y se quedó inmóvil contemplándome. Me volví a sentar y me quedé un buen
tiempo viendo si se movía o no. Ahí se quedó. Fouché. Un oportunista. Un tipo
hábil, inteligente, ambicioso. Una máquina de pensar. Al momento, una extraña
conexión me recordó mi vida de casado, me hizo retroceder a la de novios ¿No
éramos así Luciana y yo cuando comenzamos nuestras vidas juntos? Sí. Sin duda.
Pero yo abandoné ese barco.
Sin hijos, desencantado con mi
trabajo, comencé a ver la vida de otra manera. Luciana nunca cambió. Recuerdo
que en tiempos de jóvenes trabajadores desplazábamos a nuestros rivales, nos
ganábamos el corazón de nuestros jefes hasta que eran desplazados por otros
jefes y así por mucho tiempo dejando a gente desempleada en el camino por culpa
de nuestras maquinaciones, pero yo me cansé. No quise seguir. Aquello ocurrió
cuando vi llorar a un hombre porque lo despidieron. Tenía una madre que
requería un tratamiento y cuidados costosos, un hijo con problemas similares,
una esposa que lo estaba dejando, una hipoteca, y aquel hombre que solo quería
cuidar a los suyos no fue lo suficiente hábil para ver mis maquinaciones haciéndome
con el presupuesto de su unidad. Fui el culpable de su ruina y mayor dolor.
Siempre ocurre en mí una
conexión que me hace tomar decisiones súbitas y casi nunca consigo explicación.
Ese día ese hombre con los ojos en llantos, ante la mirada triste o peor
todavía la indiferencia de los empleados se topó con mis ojos. No me vio con
rencor sino con compasión. Él estaba mal, pero yo tenía que estar peor. Vio lo
que nadie podía ver y me lo hizo ver a mí. Ese día perdí la ambición desmedida.
Luciana no tuvo esa mirada de compasión en su empresa. Ella siguió. El insecto
me indicaba mi huella con la ayuda de Stefan Zweig, su Fouché y esa conexión
que me llevó a revisar una gaveta de la biblioteca donde estaba el diario de
Luciana. Y ahí estaba. Con la mudanza rápida, la discusión, la tragedia, mi
llanto, ella olvidó el viejo diario que había dejado de llenar hacía 10 años.
Busqué un destornillador y lo
forcé. Qué coño. Crucé el Rubicón y leí mi vida, la de Luciana, la de sus
amantes, algunos de ellos personas entrañables y de confianza. Era un cornudo
de postal sin duda alguna. Eso no me dolió ni desató tormenta alguna. Al
contrario, descubrirlo me alivió. Se derrumbaban más corazas, sentimientos,
narrativas, valores, creencias, ideas, todo lo que mantenía la relación en pie “por
amor”. El amor no es más que una ensalada de sesgos. Ya no sentía despecho.
Tampoco rabia. Tampoco tristeza. La verdad te hace libre.
Luciana comenzó a ser lesbiana
el día que llegó el wokismo a España con aquella ministra analfabeta y el
presidente psicópata. Ese año el diario comienza a teñirse de púrpura. Luciana,
pepera de hace años, socialista en sus inicios, tuvo un trance con Ciudadanos,
de repente comenzó, sin dejar de tener gusto por las marcas de lujo, a tener un
tipo de vestir adaptado a los nuevos tiempos. Asistí con ella a varios eventos
con toda una fauna de bichos que no se sabía que eran. Hombres, mujeres,
hermafroditas, gente muy triste disfrazada de alegría. La mayor parte sin duda
tuvo que haber sufrido violaciones de pequeño. Otros, la minoría, lucían
equilibrados. Gente seria que mantenía su preferencia sexual sin estridencia.
Una de ellas era la amante de Luciana quien hasta hace poco no sabía que lo
era. Una madre de familia recién divorciada. Luciana se fue con ella. Una
francesa. Su jefa. Pidió cambio y se largó.
El insecto ya no estaba sobre
Fouché. Se había largado también. Su misión era dejarme en el sillón hurgando
en el pasado de la ahora mi exesposa. Gracias insecto. No te mataré nunca. Te
dejaré prosperar como mi consejero personal.
Leía el diario. Era mala, muy
mala persona. Se largó porque luego de dilapidar el presupuesto en inclusión de
la empresa en Madrid, su unidad iba a cerrar. No había rentabilidad y la matriz
francesa quería retirarse del país. Así que voló con su tortillera a París no sin
antes despedir a toda su unidad. Cuando ocurrió eso le recuerdo feliz en
aquella cena en la que tal vez ya estaba consagrado como cornudo lésbico. Probablemente
el día anterior habían despachado a todo el personal a la ruina por una
ideología fracasada o ambiciones de unos locos o locas o loques como dirían
ellos.
Alguna Luciana o Luciano hizo
lo mismo conmigo. Podía sentir rabia o no. Para serles sincero. No. Todo era
muy leve. Si bien las cuentas comenzaban a achicarse y vendría la pesadilla del
divorcio, todo era muy leve. Tenía las ideas claras siguiendo la huella del
insecto. Al estar desempleado y sin ganas de hacer nada para la sociedad más
allá que leer, tener un trabajo mediocre y envejecer, no creo que Luciana
quiera volver si se acaba la ruta con su tortillera gabacha. Ella seguirá su
vuelo. Yo me quedaré como el insecto. Sacudiendo mis alas entre libros en una
vida corta en paz.



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