Las lentes de natación
Aprendí a nadar a los 19 años. Por alguna razón extraña mis padres nunca nos metieron en cursos de natación. No nadar era la mayor de las vergüenzas en un país caribeño, especialmente, cuando tienes familiares que hacen mucha vida playera. Tomé clases de natación impulsado por mi hermano menor.
Afanado por entrar en la escuela
de oficiales de la Armada, tomó clases antes que yo y en unas vacaciones de la
universidad me animó a tomarlas. Más que animarme me obligó a tomarlas. Nunca
le he estado más agradecido en la vida. Podría decir que eso, y la ayuda que me
dio con una tesis de maestría, son las dos cosas que más le agradezco en la
vida.
La imagen era graciosa. En la cabecera
de la piscina al final de una fila de niños de no más de 10 años con sus
tablitas, un joven gordo con su tabla esperando que aquellos ya lanzados al
agua estuvieran a unos 15 metros para poderse lanzar y no causar un maremoto
que arrastrara al fondo a los enanos nadadores. Los padres en las gradas
siempre estaban entre el temor a un aplastamiento de su prole o el chiste luego
de pasado el ejercicio. Podía aguantar eso y mucho más. Ya estaba en una clase
y si algo sabía en la vida es que una clase tiene principio, final y
resultados.
El resultado se comenzó a
sentir cuando hicimos el ejercicio de lanzarnos y nadar libre hasta la otra
orilla, pero desde el lado más profundo de aquella piscina. Unos 5 metros. Ya
no era el metro y medio del otro extremo. Aquel lado de la piscina era más oscuro.
Sin temor alguno, pero no sin cautela lo hice y de repente sentí que nadar en
metro y medio es lo mismo que nadar a 5 o 10 metros de profundidad bajo tus
pies. Ahí no comenzó mi amor con la natación. Eso se sintió cuando comencé a nadar
sin parar a un ritmo sostenido primero minutos y luego horas. Nadar sin parar
fue el enamoramiento definitivo con la piscina. Nunca intenté aguas abiertas a
pesar de ser buen fondista. Cuestión de logística. Estuve unas semanas
preparándome y luego abandoné por un trabajo absorbente. La meta era cruzar el
Orinoco. Nunca lo hice. Tampoco me muero por hacerlo. Como todo en la vida,
nado no para lograr una meta sino para estar a solas con mi respiración y el
agua. Solo eso. Me da igual la competencia, el logro, la medalla, el
compañerismo. Déjenme en paz que solo quiero nadar largos miles de metros. Conmigo
me basto.
30 años después sigo nadando.
Allá donde voy detecto una piscina que me deje nadar a mi gusto y aparto mi
tiempo. En los últimos 10 años nado en un polideportivo madrileño concertado,
es decir, mixto, es decir, público-privado. También me he apuntado a hacer
cardio y pesas con diferentes máquinas. Una forma de variar. Luego que abrieron
saunas e hidromasajes tampoco dudé en apuntarme. Así que tengo a mi disposición
un sitio donde hacer ejercicios, nadar, que es para mí casi un ritual y
relajarme. Intento ir todos los días. Un día sin hacerlo es casi perdido.
Si bien soy solitario, a veces
hago compañerismo. Uno de esos era un paisano mucho mayor que yo. Tenía en
Madrid 50 años. Caraqueño, había emigrado a los 25 años antes que los
venezolanos si quiera se dignaran a mirar a España como un destino referente
para vivir. Se casó con una madrileña e hizo su vida en la ciudad. La primera
vez que escuché su voz fue en una pelea que tuvo con un instructor del
gimnasio. Estaba, recuerdo, haciendo bicicleta estacionaria y escuché unos
gritos típicos de bronca, pero no en castellano peninsular sino en mi acento,
el venezolano.
Me dije – Uy ese señor parece
venezolano.
Con el lío acercándose decidí
girar mi cabeza y detecté que aquel hombre mayor que podía pasar por español en
realidad era venezolano. Detrás iba un chico tratando de hacer pantalla entre
él y el entrenador como diciéndole al entrenador que mejor no escalara la discusión
y que le dejara todo a él. Era su hijo como supe luego.
Un día me topé con el viejo
paisano en el gimnasio rumbo a las pesas y era uno de esos días en que me sentía
extrovertido. Así que sin venir a cuento me dirigí a él diciéndole – Y usted es
venezolano – sin dejar de esbozar una sonrisa.
- Y tal y tal- dijo correspondiéndome
con la sonrisa.
Ahí nos conocimos. Me llamó la
atención la jerga que usaba. Era de un caraqueño antiguo. Repetía mucho el “broder”
(del brother en inglés), muy común de los viejos “pavos” de los 80. Así que
siempre lo llamé “el broder”. Él también me llamaba “broder”. Éramos los
broders. Nunca supimos nuestros nombres. Un clásico venezolano.
Ya conocía un “broder”. El
famoso “bro” Joaquín Ortega. Lo que para mí sería el alma de la Caracas que conocí.
Pero Ortega era el “bro”. Este viejito fit en Madrid era el “broder”.
Nuestras conversaciones entre
ejercicio y ejercicio estaban marcadas por la realidad venezolana. Ineludible. Ya
con 20 años en España en mi caso y él con 50 no podíamos olvidar a Venezuela y
mucho menos nuestro acento. Solo adoptábamos modismos peninsulares por razones
obvias y amábamos a España como nuestro país, pero no dejábamos de ser
venezolanos. Espejo palpitante de cómo eran los europeos inmigrantes en
Venezuela. Se sentían venezolanos, pero no olvidaban a su España, Portugal o
Italia de nacimiento.
Pasó la pandemia y sobrevivió
a duras penas. No estaba bien, pero aun así asistía a sus pesas y su ejercicio
cardiovascular. El ánimo lo seguía sintiendo y ya de vez en cuando mentía o no
con comentarios de que se había cogido o follado a una carajita o chavala de 20
años el fin de semana. Desvariando o no, lo decía con esa gracia caribeña que
no denotaba vulgaridad en registro “5 sin sacarlo”. Simplemente uno se reía
porque no sabía si era mentira o verdad. Le seguía la corriente.
La semana pasada nadando se le
dañaron unos lentes de natación. Entonces le dije, no compres lentes. Tengo
varios muy buenos en casa que me quedaron de un evento deportivo de la empresa
de mi mujer. Te los traigo. Al día siguiente, no apareció. Tampoco al que le
siguió. Al tercer día me topé con su hijo y le dije – Mira le he traído los
lentes a tu papá. No lo he visto. Si quieres se lo entregas tu.
El chico me miró con curiosidad
y preguntó ¿Te acuerdas todavía de que te los pidió?
- Sí claro.
- ¿Cuándo te los pidió?
- Hace como tres días.
- Papá murió hace dos meses.
No pudiste verlo.
Me quedé confundido e iba a
decir algo, entonces callé y lo miré para luego seguir - ¿De qué murió?
- Covid persistente. No
aguantó. Se complicó – me dijo mirándome y como atreviéndose, pero dudando a la
vez si haría la pregunta clave. No la hizo.
De haber preguntado, mi
respuesta sería que en los dos últimos meses lo venía viendo esporádicamente como
si nada. No noté nada extraño. Lo veía recuperado. Hasta que me pidió los
lentes y no lo volví a ver.
No se si lo vuelva a ver. Pero
la próxima vez le preguntaré ¿Cómo es? Y tal vez me mire confundido sobre la
pregunta porque no sabe a que me refiero y piense que está vivo o simplemente
me ilumine con los secretos de la vida. Obviamente, yo se que no estoy muerto,
pero a veces me entra la duda.



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