Los pasos de Judas
¿Qué clase hombre es ese que
nace, muere y resucita en menos de un año todos los años?
La pregunta silenció “El
Rincón de Ana”, refugio en un viernes santo lluvioso y frío de los que no
quisieron quedarse pegado a las mantas o cerca de su mujer o hijos.
Los que comentaban en corrillo
sobre los pasos y tallas a los que la lluvia dio tregua y pudieron procesionar
giraron la vista hacia el interrogador.
Otros, como yo, apartaron su
vista del café con leche, la porra o el televisor por dónde veíamos las procesiones.
Por un segundo, la sentencia
de traición rondó el café. Ana secaba tazas. Apenas levantó un poco la vista y
negó por debajo. Su esposo que exprimía naranjas se quedó con una de estas en
la mano por un breve momento y luego siguió en la tarea.
Traición. Sí.
Todos traicionamos en algún
momento. Y lo que nos recuerda este viernes santo es el momento en el que un
hombre se negó a traicionar su padre, sus seguidores y así mismo. El martirio,
el precio de ser leal.
En los cenotes de nuestras
almas creyentes o no recordamos estos martirios como coordenadas de lo correcto.
Del buen estar y buen ser. No hay manera de olvidarlo. Incluso los satánicos
tienen un sentido de lealtad. Invertido, pero leales a algo. Incluso ellos
pecan traicionando al bicho con un poco de conmiseración a la hora de cualquier
sacrificio.
Todos traicionamos.
Especialmente, a nosotros mismos. Por lo que sea, 30 monedas como judas, ego,
miedo, lujuria, pasiones del vientre y, desde luego, vanidad. Nuestra vida está
cimentada en la traición constante por más que creamos que siempre hemos sido
fieles a sí mismos. Revísense bien si creen esto último. Este viernes santo nos
pone en esa situación. Cada recordatorio de un martirio en cualquier cultura
nos hace recordar y pedir perdón. Si no recuerdan una traición hecha, entonces
traicionan a su memoria y conciencia.
Por eso tal vez ahorcamos a
Judas en algunas culturas hispánicas. Tal vez para hacer mucho ruido y que
todos fijen la vista en ese desgraciado o el muñeco del desgraciado. Desde
pequeño nos enseñaron a detestarlo. Recuerdo en mis semanas santas en San
Cristóbal cuando nos decían no corran mucho, no hagan ruido que anda Judas
corriendo y se los puede llevar. Los tíos y abuelos nos decían “silencio se
escuchan los pasos de Judas” y entonces callábamos y no pocas veces poníamos el
oído en el suelo para ver si escuchábamos los pasos “no escucho nada” decía
alguno de los primitos y como respuesta un “Shhhh chito, silencio”.
Tal vez eran los pasos de la
culpa que solo podían escuchar mis tíos o abuelos. Ya saben, cuernos a las
esposas, corruptelas simples o de mala muerte o hasta una relación homosexual
de armario. Luego uno con el tiempo descubre todos esos pecados, pero no es
capaz de ponerse en lugar del doliente. El traicionado o el traidor. Del Judas.
De esa alma en pena, solo apuntamos con el dedo: “traidor”.
El señor en el “Rincón de Ana”
era tal vez para todos los presentes un traidor, pero su pregunta con sorna no
dejaba de tener cierta razón. Era sincero. Era el recordatorio.
Y así caminaba cavilando sobre
la pregunta cuando me topé con un hombre arrodillado en la acera mojada a la
orilla del parque. Se inclinaba sobre el suelo con los brazos en movimiento
como si hurgara en el suelo.
Me detuve inquieto viendo a
los lados por sí había alguien que podía estar viendo lo mismo que yo. No había
nadie. Una mañana de viernes santo, lluvioso en un barrio madrileño que duerme o
está vaciado. No puede haber testigos más que yo.
Di unos pasos a los lados para
rodear unos metros al señor y tener una mejor perspectiva. Este alzó la vista
hacia mí. Su boca asomaba algo blancuzco y a la vez sanguinolento. En torno a
los labios todo estaba muy rojo. Comía algo crudo, pero no sabía qué. Se giró
más y me vio con unos ojos sin claros. Todos negros. Me eché hacia atrás
ligeramente presto a correr, pero este miró de nuevo lo que tenía en las manos
y me fijé en eso. Asomaba como una bracito de muñeca, pero también salpicado de
lo que podía ser sangre y trozos de carne. Era un bracito blanco con sus deditos
pequeños. Alarmado me dije que podría ser un brazo real de un niño de unos 3 o 4
años. Di otro paso atrás y el señor comensal me miró de nuevo. Gruño y se levantó
corriendo en dirección al parque Jardines Verónica Forqué.
La lluvia arreció. Verónica Forqué
llegó a mi mente. Se había quitado la vida hace unos años y por eso pusieron el
nombre a ese trayecto de aquel parque sin nombre. Otra traición a la vida diría
un cristiano. O fue fiel así misma diría un ateo. Un suicidio. Pobre mujer, pensé y el gruñido lejano de aquel
señor me alertó. Está por ahí. No hay tiempo de curiosidad. Sea real o no, lo menos
traicionero que puedes hacer contigo mismo es ponerte a resguardo y eso hice.
Entré a mi casa con algo de escalofrío. Me asomé a la ventana a ver si veía a
aquel hombre. A través de la lluvia escuché un lejano gruñido o era también mi
imaginación.
Me senté en la sala con la
camándula de San Benito y recé porque solo fuera producto de mi imaginación. Ya
el lunes de Pascua buscaría un psicólogo a ver qué carajo me había pasado. No se
escucharon mis oraciones. El domingo amanecía con la noticia en diversos medios
de que “un niño de 4 años había sido canibalizado por su abuelo”. Demasiado
joven para ser su abuelo, pensé. No había fotos. No había sino la misma reseña
repitiéndose en todos los medios. “Periodismo digital”, me dije. Nunca van más
allá. Así que decidí ir a mi red de inteligencia local. Es decir, las vecinas y
los conserjes de los edificios vecinos, pero no encontré a nadie. El lunes de pascuas
todos me llamaron y no me atreví a decir que yo lo había visto. Las historias
variaban desde las drogas hasta la posesión demoníaca. Una tragedia familiar de
un vecino de la misma calle. El abuelo está internado y la familia destrozada. Entonces
pensé en la traición. Era el abuelo. Se supone que tenía que cuidarlo y se lo
comió. Yo no llamé a la policía. No iba a servir de nada, pero igual no llamé.
Temí ser traicionado por mi cerebro. Me alivió el pensar que no iba a servir
para nada. El consuelo de no ser traidor.
Entonces vino el martes y los
días siguientes y los pasos de Judas persisten en la cotidianidad en la que un
hombre que nace muere y resucita en menos de un año todos los años nos lleva a
recordar solo una traición. La traición a Dios. Para consuelo de nuestras pequeñas
y persistentes traiciones. De vez en cuando me despierta el eco de un gruñido
en el parque.



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