Mi Sol
El amor lo es todo. Lo demás es logística.
Miraba a mi esposa viendo el
paisaje por la ventanilla del tren. La luz del sol iluminaba sus ojos castaños
y las pecas de su rostro. Cada cierto tiempo, consciente de que la miraba
enamorado, bobo, se giraba y me sonreía para a continuación derretirme como
todos los días desde hace 16 años.
Ella es mi astro rey. Mi sol.
La que rige mis mareas, mis noches y mis días. Mis altas y bajas presiones. Sin
ella no hay vida.
Me convenció una tarde en el Starbucks de la calle Ortega y Gasset que me quedara en Madrid. Que me arriesgara.
Que me atreviera. Contaría con su apoyo. Eso bastó para que, al día siguiente
en París sin pensarlo mucho, a la orilla del Sena, en un atardecer de
principios de mayo, le pidiera la mano. Improvisado. Sin anillos, sin flores,
sin cena, pero seguro de lo que hacía. París me empujó a eso con tal
naturalidad que es el único vínculo afectivo que tengo con esa ciudad. París me
indicó donde estaba la luz.
Luego todo ha ocurrido como en
un río apacible. El amor lo es todo y el resto es logística. Sin amor no hay
nada. Todo lo aguanta. Hemos vivido de todo en términos de logística, pero allí
está su sonrisa y la mía. Nuestro humor, nuestro amor. Cada amanecer tierno y
la constante enseñanza de quitarle hierro a las cosas, dejar pasar, aprovechar
con alegría oportunidades o incordios logísticos sin nunca perder la sonrisa.
Cierto es que vivo en la mejor
ciudad del mundo. Madrid. Cierto que el entorno ayuda, pero también con ella
viviendo en otros sitios he aprendido que la búsqueda de un entorno equilibrado
lleno de luz, verde y azul es vital para la calma y el sosiego. No hay manera
de aguantar tanto asfalto si no se consiguen esos brillos y esos colores. Y,
sin embargo, en lugares hostiles hay que concentrarse en la belleza. Siempre
hay algo bello que observar. Concentrarse en ello es una forma de amar.



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