El diablo
Habita en todo y no pocos luchamos
contra él día a día. La lucha interna es la más encarnizada y muchas veces no
sabemos en realidad cuándo somos su instrumento.
Pensamos que lo que hacemos
tiene una causa santa y en realidad podemos estar actuando de forma
endemoniada. Algo habitual en los políticos, influencers, onegeros, curas,
pastores evangélicos, periodistas y diría que en todas las personas orientada
al servicio público. Ellos sienten la genuina necesidad de ayudar al prójimo y
arreglar el mundo, pero al final del día “el putas” les gobierna y hacen el
mal. Para mí, es más santo aquel que arregla el mundo con una cerveza en la
mano entre amigos que el militante que entra en acción y busca mejorarlo. El diablo
está por encima de todo en el movimiento. Y ahí es donde pienso que hay un
pecado capital que evita el resto de los pecados capitales y, por tanto,
debería ser eximido de ser un pecado capital para ser llamado comodín capital y
este es la pereza. Si tienes pereza no pecas en el resto de las cosas. No
obstante, no quería reflexionar sobre el mal. Vengo a contarle mi último
encuentro con el diablo.
Se manifestó en dos ancianos
de mi barrio. No tenían relación entre sí. Cada uno habitaba en dos ambientes
distintos aparentemente inconexos. Ambos aparecían en el momento de mi mayor tranquilidad.
Una anciana. Filomena. Siempre
con el pelo violeta, aunque ya no tanto porque su nieta, ahora eurodiputada, ausente,
viviendo la clásica vida de la izquierda caviar en Bruselas, ya no la lleva a
la peluquería progre de toda la vida. Al parecer la eurodiputada abandonó a su
mentora que en conversaciones sueltas siempre andaba en ese registro de
recordar el pasado como si ella hubiese estado en la guerra civil española
luchando en el Ebro cuando apenas sacando cuentas estaría cagada en sus pañales
en algún rincón. Filomena, como buena burgalesa, habla con un elevado tono de
voz. Por eso sé su historia vital. A ella me la topaba siempre en el área de la
piscina y el spa del polideportivo molestando a la gente. Intervenía en todas las
conversaciones, corregía a todo el mundo, era capaz de sacar a las personas de
la piscina, las bañeras de hidromasaje o la sauna si no cumplía la indicación
de ducharse. Ella no se duchaba, pero nadie se atrevía a llamarle la atención. Si
ella quería una calle de la piscina para nadar de espalda extendiendo los
brazos a los lados, es decir, ocupando toda la calle, simplemente lo hacía y
entorpecía el nado de la otra persona que estaba allí abusando de la
consideración que se podría tener con una anciana con mal humor. Nunca tuve la
oportunidad de ahogarla porque nunca me molestó. Una tarde estuve a punto de
hacerlo. Vi como sacó a una muchacha muy educada y al reclamarle esta su
grosería la anciana remató con un grito llamándola ¡Fascista! La chica se fue a
reclamar a los técnicos y socorristas el abuso y todos preferían buscarle otro
sitio donde pudiera nadar, negociar con otro nadador en otra calle, para que la
chica siguiera haciendo su ejercicio. Meterse con Filomena era practicar un
exorcismo.
El otro diablo habitaba en un
Mercadona. Se llamaba Fermín. Este no gritaba tanto. Era silencioso. Solía
llevar prendas franquistas y era racista. Era evidente su agresión constante
contra los trabajadores con un tono de piel ligeramente más oscuro así fuera español.
El equipo de seguridad de aquel Mercadona, normalmente preocupado por las
gitanas de turno en ronda habitual cambiaban su prioridad cuando aparecía
Fermín. Su forma habitual de manifestar su maldad era atropellando al resto de
los clientes y dirigirse de forma displicente con todo aquello que no sea de
piel muy blanca pues para él eso era ser español. Lo curioso era que buscaba el
conflicto con personas de cualquier color. No lo evitaba. Lo provocaba. Simplemente
los atropellaba. Bajaba la cabeza y caminaba en dirección directa al cliente y
no lo esquivaba. Lo embestía como un Miura y luego con una sonrisa sardónica o
con una mueca de rabia, según el día, le reclamaba al arrollado que porque no miraba
por donde iba. Tuvo su exorcismo. Un turista inglés o americano que pasaba por
el pasillo de los licores y al que intentó atropellar pensando tal vez que este
cedería, pero fue un muro. Fermín chocó con él y cayó lesionado al piso.
Tuvieron que llamar al Samur. El anglosajón lo miró displicente y no lo auxilio.
En realidad, nadie lo auxilió. Todos conocían de alguna manera quién era Fermín.
Un día, de vuelta de la piscina
en la Plaza del Perú vi que de un lado de la calle estaba Filomena y a mi lado
Fermín. Cuando el semáforo se puso en verde no pasé con él y me dispuse a
contemplar el momento en que dos diablos desconocidos se cruzaran. No hubo nada
sobrenatural. Filomena levantó la vista de su bastón y miró fugazmente a Fermín,
pero este ni se percató de la presencia de Filomena. Me fijé en Filomena que venía
hacia mi lado y tenía la mirada hostil de siempre camino al polideportivo.
Levanté la mirada al cielo. Nada cambiaba a raíz del encuentro entre dos
diablos. Ni escalofríos, ni señales. El mal hace ruido y el ruido hace mal,
pero en este caso, no pasó nada. El diablo existe solo cuando te molesta.
Pasaron semanas, meses, sin
verlos. Ayer mientras me tomaba un café en el bar de Miguel vi en el telediario
de Telemadrid el hallazgo de Fermín de parte de unos obreros que hacían mejoras
en la fachada de su edificio. Había muerto en su sillón. Un obrero se había
fijado todos los días que un señor seguía ahí de espalda hasta que con sus compañeros
decidió conversar con el conserje al respecto. Este comentó a los medios que
era normal que estuviera solo y no hablara con nadie. Así que nadie lo extrañó.
Entró con los bomberos y lo encontraron como una momia en su sillón viendo la
tele apagada.
Hoy fui al gimnasio y me encontré
una ambulancia del Samur sacando el cuerpo de Filomena. Mientras discutía con
una señora le dio un infarto en la piscina y se ahogó. Quiero pensar que al
menos los socorristas hicieron el intento de rescatarla. No era habitual que
alguien muriera ahogado. Son buenos socorristas, pero no dejo de pensar que se
hicieron la vista gorda y el diablo entró y escogió a los suyos.
La vida está llena de diablos,
pero no dejo de pensar en sí yo también soy un diablo. O al menos un pobre
diablo sí que podría ser, pero en el otro sentido de la palabra. En el
displicente. No en el maligno. Aun así, me pregunto si ambos tenían una faceta
positiva en sus vidas ¿Habrán hecho el bien? Pensando eso acabo de llamar a la
iglesia para hacer una misa por sus almas y la ayudante de la oficina
parroquial al enterarse de los nombres guardó silencio y volvió a preguntar si
estaba en lo correcto, entonces me dijo: hijo, eres muy bueno.



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