Las flores y la caja de alfajores
Purificación despertó
aquel día con el plan de homenajear a su nieta por graduarse de la universidad.
Lo que no recordaba era que la nieta no la visitaría ese domingo sino el
próximo. Así que Purificación no dejó de cumplir lo que se había propuesto. Lo
primero desayunar con sus amigas en el Bar Barriletes en la calle Costa Rica.
Luego iría al Montparnasse de la Plaza Cataluña a comprar un ramo de flores y
por último pasaría por una caja de alfajores, los dulces favoritos de su nieta.
Su cuerpo le dolía más y
pensaba mientras se retocaba ante el espejo en lo complicado que es envejecer.
Sabía llevar su soledad con parsimonia luego de enviudar. El Estado de
Bienestar español la arropaba y no tenía nada por lo cual preocuparse, pero con
cuatro hijos, dos varones y dos mujeres ya hechos y derechos, no dejaban de
surgir algunas preocupaciones. Las económicas por encima de todo, seguidas por
las de salud y, por último, aunque cada vez más angustiantes, las espirituales
y emocionales. Siempre lo comentaba con sus amigas y ese domingo no sería menos
sobre lo impresionada que estaba de cómo los más jóvenes se ahogaban en un vaso
de agua. “Necesito mi espacio” dicen. “Necesito encontrarme” o “una pausa en la
relación nos viene bien”.
Purificación pertenecía a
la generación del aguante y la templanza. También es cierto que los hombres se
bastaban solos por mantener una familia y eso era un problema menos. Hoy una
pareja de milagro puede con todo. Si bien nunca había sido comunista, a sus 80
años iba girando a la izquierda al ver como sus hijos, la generación más
preparada de España, eran engatusados una y otra vez en trabajos precarios,
dudosos, llenos de inconsistencia o que no duraran. Lo no visto en su época en
que uno se podía jubilar en una empresa. Como ella o sus amigas.
Compartían el último
churro mientras miraban a los deportistas y paseadores de perros cruzar de
arriba abajo. Arreglaban el mundo. Se consolaban las angustias por sus hijos. Sus
amigas eran su apoyo y la escuchaban. Era una pandilla estupenda para terminar
el paso por la vida. Para lo bueno y lo malo.
Purificación se despidió
de sus amigas y tomó de nuevo la calle Víctor de la Serna para doblar a la
fuente de la Guadalupana “a las 12 voy a misa, me da tiempo antes que lleguen a
la comida” se dijo, y luego cruzó todo el Parque de Berlín hasta llegar a
Montparnasse, la cadena de floristería que le encantó desde que la conoció. En
esta tienda a cargo de una bogotana de amplia sonrisa y divina educación pidió
un ramo combinado de margaritas y departió con la dependienta sobre la vida y
la comida de su país. Purificación había viajado por muchos países de
Latinoamérica y uno de sus favoritos, luego de México, era Colombia. Viajó a
aquel país en los años duros de Pablo Escobar y la primera vez que se lo
comentó a la bogotana esta le dijo “tuvo que sentir miedo y no gustarle” a lo
cual Purificación respondió “hija en esa época aquí teníamos a ETA. Aquí mismo
en estas calles estallaron coches bomba muy potentes y mataron decenas de
personas. Casualmente, leí que esos vascos asesoraron a Escobar en el mismo
cometido”. “Así que compartimos miedos”. La bogotana la miraba aliviada. El colombiano,
como cualquier otro extranjero, lamenta la mala fama que pueda tener su país.
Algo ciertamente injusto. Todo país tiene una belleza única y las noticias de
los medios solo desinforman.
Salió de la floristería y
se hizo con la caja de alfajores hechas por unas argentinas que acaban de abrir
una pizzería cerca y servían desayunos. Pensó, “le diré a las chicas que podemos
variar los barriletes y venir acá. Huele bien. Huele a Buenos Aires”. Con las
argentinas otra charla amena con recuerdos compartidos y así con una sonrisa
salió rumbo a Príncipe de Vergara. A su casa en Víctor de la Serna. Estaba
contenta, radiante, animada por ver a sus hijos y su nieta. Escuchó un ruido y
luego vio algo amarillo, un dolor fulgurante y se hizo el silencio.
Manolo no era español.
Era venezolano y aquel día era su primera jornada como auxiliar sanitario en el
Samur. Estaba feliz, pero nervioso por no hacerlo mal. Recibieron una llamada
para Príncipe de Vergara. Un arrollamiento. La adrenalina del equipo arropó
toda la ambulancia y sintió orgullo de sí mismo por estar allí junto a esos dos
españoles que le iban enseñando el oficio. Lo primero que vio cuando se iban acercando
era el furgón amarillo de valores, pero lo que más le impresionó fueron la
cantidad de pétalos de flores y una caja de alfajores mallugada a unos metros
de la mano pálida de una señora mayor. Al acercarse, por el estado de su cabeza
estaba claro que había fallecido, pero siguieron todo el protocolo. A él le
encargaron al conductor y que apoyara a la otra ambulancia que venía llegando.
La crisis de nervios era notable en el pobre hombre y su ayudante.
Carla estaba en la fila
de abordaje para su vuelo y vio una llamada de su padre. “Qué pesado” dijo. Su
rostro enrojeció cuando escuchó la noticia. Balbució algo y se salió de la
fila. Se sentó a llorar y súbitamente deshizo el camino hacia el hospital La
Princesa.
José estaba a cargo de
orientar a los familiares en el duro proceso de reconocimiento de sus
familiares fallecidos. De Extremadura, forjado en el campo, a veces podía
parecer duro o tosco, pero era un alma sensible. Miró a la chica y su padre a
los ojos y contrastó el requerimiento de ambos con el dato del fallecido. Había
visto a esa señora cuando la ingresaron. Le había conmovido que en su mano
todavía conservaba unos pétalos de margaritas mientras la aseaban. No estaba
reconocible, pero le llamó la atención su parecido al menos en su estructura
corporal con su abuela. Perder una madre o una abuela es lo peor para no pocos.
Les indicó lo que tenían que rellenar en unos formularios. Una vez que
terminaron dejó a su otro compañero a cargo de la recepción y los acompañó
hasta la sala de reconocimiento. Les hizo esperar y luego les comentó que podía
ser fuerte para la joven y que lo mejor sería que entrara el señor. Carla se
negó. Quería verla.
Carla contuvo el aliento
al destaparse el rostro deforme de su abuela. Le tomó la mano y le dijo que le
quería. Siempre la quiso. Entonces lloró con su padre y este le afirmó con la
cabeza al funcionario de la morgue que era su madre. “Hay pertenencias” dijo el
funcionario. “Aquí están” y tomó una bolsa en cuyo interior había una caja
arrugada de alfajores con algunos pétalos de margaritas adheridos a la caja.
Carla se derrumbó.
Manolo tomaba un café y un
donut cuando vio entrar al funcionario de la morgue y saludar a sus compañeros.
Contó lo de la anciana y lo duro que le resultó el caso. “Extraño” decía él. “Acostumbrado
a esto, no pensé que me pegara ese fallecido. Me recordaba a mi abuela”.
Entonces Manolo soltó “a mi también” mirando a sus compañeros. “¿La que certificamos
esta mañana?” Preguntaron estos. “Sí” respondió Manolo. Los compañeros no
repararon en lo impactado que estaban José y Manolo. Tal vez no estaban en el
mismo registro de sensibilidad como para que sus cueros duros de Samur pudieran
verse vulnerados en ese momento. Ya les llegaría la frecuencia adecuada. Un
chico, un hombre, una mujer, un bebé. Nunca se sabe. Han visto tanto.
Carla no fue a la
graduación semanas después. Se internó a pasar el duelo en la casa de su
abuela. Estaba decidida en vivir allí sin sacar por mucho tiempo las cosas de
la abuela. No dejaba de comer alfajores y llenar la casa con margaritas. Montó
algunos rosarios con amigas de la residencia estudiantil y sacerdotes de la
parroquia. Su duelo duró un año y cada cierto tiempo olía a su abuela y en
duermevela la veía. Una noche la abuela le dijo que no saliera a la mañana
siguiente a una entrevista de trabajo. Carla murió luego de esa entrevista de
trabajo cuando decidió revisar su móvil en un parque y fue atacada por una
manada de jóvenes en situación de calle. Su resistencia feroz, conocedora de
artes marciales, le aseguró un puñal en el cuello. Cuando llegó el Samur,
Manolo no sintió nada, pero uno de sus compañeros sintió una infinita tristeza
por varios días. La misma que experimentó José cuando vio el cuerpo de la muchacha
de los alfajores y las margaritas.
El padre de Carla vendió
el piso de su madre y con eso resolvió todos sus problemas económicos. Agotado
con la vida decidió no hacer nada más. Solo esperar la muerte. Su mujer, la
madre de Carla lo abandonó. En su testamento dio indicaciones claras de que en
su funeral no se usaran margaritas de ningún tipo. En su cama de agonía, lo
único que pedía como última voluntad fueron los alfajores. El último se lo
comió con Purificación y Carla.



Comentarios
Publicar un comentario