El ascensor

 

Doña Letizia contaba los años que llevaba de jubilada como académica. Nunca la nombraron miembro de la Academia de la Historia de Venezuela cuando en realidad se lo merecía y mucho. Eso en parte no lo lamentaba o sí. No es que los que están no merezcan serlo, pensaba, pero ella también tenía méritos. Al final destilaba un “…quien llega allí es porque ya huele a naftalina”, liquidando cualquier atisbo de envidia.

Con todo lo que cayó en su país, decidió pasar el resto de su vida en Madrid con retornos esporádicos a Venezuela. Cada vez más alargados. Vendió todo lo que tenía allá y estaba por vender su casa en un elegante barrio madrileño. Se trasladaría a un hotel cinco estrellas de abolengo en uno de esos contratos de décadas que amarran las personas adineradas como huéspedes de un hotel de forma permanente. Mantener una casa le resultaba más costoso que alquilar una pequeña suite con lo necesario y un servicio de primera línea.

Sobre la mesa tenía varias ofertas de hoteles. Los revisaba cuidadosamente mientras tomaba un té. Acababa de irse Martina, su asistente personal, una polaca muy guapa a la que sopesaba pedirle que le atendiera en el hotel, pero por menos tiempo en el rango de asistente personal, aunque con casi el mismo sueldo. Martina hablaba y escribía bien el francés, el alemán, pero fallaba un poco en el inglés. Una polaca bien formada como docente que vivió unos años en Francia y Alemania con su mamá que había sido chica de servicio, camarera y ama de llave. Con eso pudo sostener los estudios de Martina, pero a esta le dio por estudiar filosofía y lo enmarco en la docencia de secundaria. Los bajos sueldos de Polonia y un novio con el que acababa de termina la llevaron a Madrid donde comenzó un máster. Como los salarios del sector servicios español, depredador de personas como el que más cual cortijo medieval, eran muy bajos, le atrajo la idea de ser asistente o chica de servicio de personas adineradas y Doña Letizia lo era.

Martina era una buena acompañante y tenía un nivel muy superior para ser chica de servicio que era para lo que se había entrevistado. Al final, Martina dijo que no tenía problemas con limpiar. Quería el empleo, entonces Doña Letizia se las ingenió para contratar a una señora española de confianza de la familia de su fallecido esposo como responsable del servicio y Martina como asistente y también apoyando en el servicio.

Martina y Doña Letizia sostenían extendidas conversaciones sobre historia, filosofía, psicología, literatura y filología. A veces Doña Letizia le pedía que hablara en francés y le diera lecciones de alemán a cambio de lecciones de inglés. Aprendía rápido y Doña Letizia se ofreció como su tutora de tesis de maestría y quería impulsarla para el doctorado en historia. Las cosas de este mundo en el que los más conectados no son necesariamente los más talentosos y viceversa, llevan a este tipo de situaciones, pero Doña Letizia venía de Venezuela y sabía, aun siendo ella de las antiguas élites de su país, lo que era la movilidad social. Era “el pan nuestro de cada día” en ese país hasta poco antes que llegara el chavismo. Martina, por ser polaca, odiaba el comunismo y todo lo que fuera comunista. Ya eso le daba muchos puntos con una víctima del comunismo como lo era Doña Letizia.

Martina le dejó la cena lista. Doña Letizia quería terminar de ver los catálogos, ir al baño y luego cenar, pero antes necesitaba bajar a buscar unos catálogos más viejos que su fallecido marido había recopilado con la misma idea para su jubilación. Se montó en el ascensor para bajar a una estancia que servía de archivo en el sótano al lado de la bodega de vinos y otras habitaciones de almacenaje. El elevador comenzó a sonar raro al bajar y súbitamente se detuvo. No había manera de que funcionara. Entonces llamó a emergencia. Estos les respondieron que pronto irían. Luego emergencia volvió a preguntar sobre su dirección. Casi 15 minutos después volvieron hacer las preguntas iniciales como si se repitieran en bucle. Ya tenía casi media hora allí y por el intercomunicador una tras otra le preguntaban lo mismo sin resolver a decir: “ya van para allá los chicos” hasta que ocurrió. Algo de angustia comenzaba a sentir pues podía pasar que a esta hora de la tarde tal vez no tuvieran el personal suficiente para atender esta emergencia. Un clásico español de decir que tienen el personal y no tienen. Sin teléfono móvil encima y su único contacto con el personal de servicios de mantenimiento del ascensor, los minutos se volvían eternos.

Vio su reloj y calculó que ya iban 50 minutos, estaba cansada y con ganas de ir al baño. Anuló de su mente ese pensamiento y decidió hacer lo que nunca se imaginaría en su vida: sentarse en el piso de un ascensor. Sus pensamientos iban y venían calmando la angustia y agradeciendo que no tuviera claustrofobia. O al menos eso pensaba. En una ocasión pensaba que no sufría de vértigo hasta el día que subió hace mucho tiempo a la pirámide de Chichén Itzá. Su decepción consigo misma al tener que bajar de culo ante la vista del resto de los compañeros de la facultad de historia todavía le pesaba. “Fue embarazoso” susurró. Allí estaba Juan quien sería su segundo amor. Algo traumático por los celos y su empeño marxista de ver cada detalle de la vida. Al conocerlo junto a sus compañeros comunistas de la universidad concluyó que un marxista militante no era más que un cura con otro Dios y Juan, luego de la caída del Muro de Berlín, terminó siendo guía espiritual apegado a religiones y creencias asiáticas hasta que un día simplemente se ahorcó. Por no dejar, y tal vez a él le hubiera hecho gracia, Doña Letizia hace unos años encargó una misa por su alma en el santuario de Santa Gema, cerca de su casa.

Escuchó un ruido lejano como si alguien estuviera llegando a la casa. Tal vez los cerrajeros con los técnicos y luego no se escuchó nada más. “Falsa alarma”, se dijo. Se quedó pensando en su vida de estudiante, su mención honorífica, su maestría en México, su doctorado en París, su concurso para ser profesora en la facultad de derecho. Su tercer y último amor, su esposo Rafael. Mucho mayor que ella, venido de España, un genio del derecho constitucional huido del franquismo e instalado en Venezuela a petición de sus colegas socialdemócratas que apenas intentaban estabilizar la democracia. Al principio no congeniaron. Él muy castellano, formado en Madrid, Viena y Berlín entre las décadas de 1930 y 1940, fue testigo del ascenso del fascismo, la amenaza del comunismo, la guerra civil española, el inicio de la segunda guerra mundial, el ascenso del peronismo en su exilio en Argentina y luego la fundación de una democracia exigua que se iba volviendo potente a pesar de las amenazas del comunismo y el militarismo todavía dando batalla. Fue Betancourt, aquel presidente intelectual de rostro reptiliano quien le dio la bendición e impulso para que asumiera el rol de fundar una escuela de ciencias políticas. Al final, Rafael ya como académico impuso la idea muy bien sopesada de que no fuera ciencias políticas sino estudios políticos. “El rango de ciencias a esta disciplina todavía se discute, pero los politólogos hacen su mejor esfuerzo para aplicar el método científico”, pensó ella mientras otro ruido se colaba esta vez desde dentro de casa. “Tal vez un ruido de la madera”, se dijo. Se estaba enfriando ella también mientras pensaba en Rafael asomándose la idea de que tal vez fuera su espíritu el que estuviera vagando por lo que quedó de su gran biblioteca hasta que se quedó dormida y soñando comenzó a verlo de espalda en esa biblioteca con un tomo de sus obras completas publicado por ella. “Te ha quedado bien”, le dijo con su sonrisa mixta. Era un hombre que sonreía solo con los labios y el resto de su cara era hosca y así lo veía cuando de repente ella decidió buscar una idea para mostrársela y cuando se giró ya no estaba en la biblioteca. Estaba en el funeral de Rafael. El ataúd cerrado, el presidente de la república mirándole sentado desde un inodoro en un rincón, un joven investigador del instituto que fundó Rafael brindaba con otros de sus colegas. Asiduos a la tendencia norteamericana de la politología distinta a la europea de Rafa, celebraban el fin de una era de dominio académico. “Al final esa politología carecía de valor” pensaba y se sorprendió decir “nunca tuvieron el rigor para ver lo que les venía” entonces los jóvenes investigadores ya no tenían sus rostros sino máscaras de payasos macabros. Ella se giró haciéndose entender que está en un sueño y cuando levantó la vista se vio en la vieja finca de café de su familia. Estaban unos hombres vestidos de rojo masacrando a los capataces. Era el chavismo expropiando la finca familiar. Un ministro, pistola en cinto, dirigía la masacre. Ella entonces caminó por el corredor para buscar una escopeta vieja de su padre, pero cuando entró en la habitación era un salón de conferencia en el que ella dictaba una ponencia sobre los autoritarismos en Latinoamérica. El auditorio estaba lleno de todos los gobernantes que había estudiado. En primera fila, Rosas, Páez, Francia, Artigas, Flores, Santander, Santa Cruz, Iturbide, Santa Ana. En segunda fila, Guzmán Blanco, Núñez, Balmaceda, Juárez y más allá una serie de personeros con distintos trajes militares e incluso armas del siglo XIX. Le atemorizaba que un lancero dejara caer su gran lanza llanera en la cabeza de un machetero y un infante en la fila que le precedía y se encendiera una batalla de montoneras en el auditorio. Miraban todos expectantes como si quisieran escucharla. En un palco pudo ver enseñoreados y bien vestidos banqueros ingleses y franceses y asomaban a sus pies las cabezas de viejos hacendados criollos. Soltó una leve sonrisa cuando vio que estaban atados con collares de perros controlados por los banqueros. “Vaya sueño” se dijo y giró la vista hacia el auditorio cuando de repente se vio entre ruinas mayas besando a Sofía, su mejor amiga. Se espantó, tomó una bicicleta y entre ruinas y grandes árboles llegó a la orilla de un cenote y allí estaba José. Su primer amor. Invitándola a bajar y bañarse. Bajó entre murciélagos que daban un recital de cantos gregorianos mientras veía que un rayo de luz iluminaba la superficie azul del cenote junto a las lianas que descendían desde el agujero de entrada. Se metió al cenote y nadó feliz con su primer amor. Entonces él se puso triste. La miró y le preguntó “¿Por qué?”  y a continuación ella se vio rodeada de sangre y del fondo emergió un pequeño feto, gritó e intentó salir de ahí pero solo veía agua, y agua y al fondo en la lejana orilla oscura su padre con la vieja escopeta y más atrás su madre con una camándula rezando.

Despertó agitada. Sudando y más mojada de lo normal. Se palpó y comprobó que en efecto se había orinado. Entonces lloró y musitó “perdón”. Un ruido creciente le hizo ponerse de pie con dificultad casi resbalando con su orine. El intercomunicador sonó “señora, ya el equipo está allí, mantenga la calma”. “Estoy calmada” dijo ella y espero que el equipo hiciera su trabajo. El ascensor se puso en marcha y se abrió. Ella les dijo a los técnicos que querían entrar a revisar los dispositivos del mando de control “muchas gracias, señores. Perdonen el desaguisado que he dejado aquí atrás. Ya lo limpio si me permiten”. “No se preocupe señora, lo hacemos nosotros” dijo un técnico. “No” respondió levantando un dedo ella. “Es mío. Yo lo limpio. Si pueden por favor pasen conmigo a la cocina y les doy algo de beber mientras esperan” dijo con su acostumbrada altivez sin sonreír y dar distancia a la confianza.

Mientras limpiaba su orine vio su reflejo envejecido en el balde. Recordó las veces que había querido ser madre y musitó fregando “malditos seas papá”.

Aquella fue su última noche en el mundo. Se fue sola como vino y ni siquiera sus discípulos supieron de su desvanecimiento hasta muchos años después cuando quisieron rendirle un homenaje. Cada cierto tiempo, por la casa suenan las voces de Doña Letizia, un niño y Martina.



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