La llamada
- Buenos días, le llamo de
AllCredit responsable del seguro de su tarjeta ¿Hablo con Don Javier Herrero?
- Shhhhhhhh
- ¿Perdone?
Entonces una voz reposada,
casi en susurro le dijo - Escucha la llamada…
Al instante, Lucía escuchó un
grito de una mujer al fondo y varios golpes estridentes y metálicos. Los gritos
seguían y se escuchó también lo que podía ser una niña. Un escalofrío recorrió
toda su espalda ya tensa por los sonidos confusos. Seguía descolgado el
teléfono del otro lado. La llamada estaba activa. No podía colgar porque eso
implicaría una penalización en los KPI de productividad. Tenía que aguantarla.
Solo podía colgar el señor Herrero y del otro lado de la línea se escuchaban metales,
gritos, llantos y de pronto el silencio.
- Perdone ¿Me escucha? ¿Don Javier?
¿Está…
Entonces paró de preguntar y
escuchó una respiración pesada, casi ronquido. Podía ser el señor Herrero, pero
no lo podía saber y siguió.
- ¿Está bien señor Herrero?
- No.
- ¿Necesita ayuda?
- Sí.
Se preguntó si había algún
protocolo y pulsó el botón de llamada a su supervisor dejando el micrófono
apagado. Llegó raudo con su habitual sonrisa y Lucía le pasó los audífonos
mientras le explicaba la situación. El supervisor primero arrugó la cara, luego
se le descompuso y al borde de la agitación y palpitaciones se quitó los
audífonos preguntándole tras una breve calma - ¿Tienes la dirección en la base
de datos?
- Sí. Es… Calle Puerto Rico 9.
Piso 6, el número 6-C. Escalera izquierda.
- Ok – dijo su supervisor más
sereno tomando nota en un post-it y viendo hacia la oficina de su superior – lo
consultaré con el jefe - dijo ya con la confianza recuperada y preguntó - ¿Estamos
grabando?
Lucía miró la pantalla y
afirmó con la cabeza.
- Perfecto. Tal vez la policía
nos pida esa grabación. Si quieres mantente en línea escuchando o no escuches. Ya
no nos involucramos.
- ¿Qué es? Preguntó Lucía susurrando
algo de angustia.
El supervisor se inclinó ante
ella y musitó - tal vez sea un homicidio o violencia de género. Bien no está
ese señor. Voy a llamar al 112.
Lucía vio retirarse al
supervisor y entrar en la oficina del jefe de sección. Miró la pantalla y luego
giró la vista a los audífonos. No podía tomarlos. Era demasiado para ella volver
a escuchar esos sonidos. Miró hacia la oficina del jefe y vio que estaban
llamando, entonces decidió dar el paso y se puso los audífonos. Por unos segundos
no escuchaba nada y luego fue apareciendo el eco de un lamento infantil y unos
pasos. Una silla arrastrada y otro golpe que le hizo saltar de su asiento. Se
repitieron los golpes unos tras otros con cadencia y le era familiar hasta que
de nuevo comenzó a agitarse su corazón. Eran ruidos de su infancia. Esos que
escuchaba cuando pasaba el rato en la antigua carnicería de su padre. Decidió
no escuchar más. Aterrada y deseando que llegara rápido la policía cuando se
iba a quitar los audífonos súbitamente del otro lado de la línea dijeron – Lucía… No te
vayas.
Ella se quedó paralizada con las
manos a punto de quitarse los audífonos, pero algo le impulsaba a preguntar -
¿Señor Herrero?
- Siiiii- se escuchó en una
voz quebrada. La misma del señor Herrero.
Entonces Lucía se percató que
sabía su nombre y tuvo el valor para preguntárselo, pero el señor Herrero no
respondió a esa pregunta. Con un lamento siguió – tu padre sabe mejor hacer esto
¿Por qué no le dices que me ayude?
- ¿Qué? ¿Ayudar en qué?
- En cortar – soltó como si se estuviera durmiendo.
- ¿Qué está haciendo señor
Herrero? ¿Me puede explicar? – dijo Lucía tomando el poco valor que le quedaba.
- Juntar las partes. Arreglar
mi vida – dijo con un poco más de energía – Ellos me ayudan.
- ¿No está solo?
- No.
- ¿Con quién está?
- Con muchos. Son muy buenos
conmigo.
Lucía levantó la vista y vio
que su supervisor le decía desde el otro lado de la sala con las manos que
siguiera hablando y que ya iba la policía. Ella asintió y levantó el dedo
lentamente indicando un ok, pero estaba más concentrada en el señor Herrero volviendo
a las preguntas - ¿Y qué hacen todos con usted?
- El rompecabezas de mi vida.
- Me gustaría que fuera más
específico. Quiero decir ¿Dónde está? ¿Qué hace con las manos?
Un quejido a través de la
línea y luego una voz en un idioma desconocido susurrando como si estuviera al
lado del interlocutor se escuchó inquietando de nuevo a Lucía - ¿Está con otras
personas? ¿Cuántos? – apuntó decidida a confrontar lo que fuera estuviera allí,
pero los susurros siguieron y ya aparecían media docena de distintas voces en
diferentes idiomas que, salvo algunas, se parecían al latín.
Entonces se escuchó al fondo un timbre y Lucía se dijo “ha llegado la policía”.
Ella levantó la cabeza para buscar al supervisor y lo vio en la entrada de la
gran sala con dos policías. Quiso llamar su atención apagando el micrófono y
llamándolo desde su puesto, pero en eso escuchó un golpe fuerte como de una
puerta y voces al fondo del otro lado de la línea “¡Policía Nacional!” “¡Ostia!”
entonces se colgó la llamada.
Se echó para atrás en su
asiento. Soltó los audífonos y caminó rauda hacia donde había visto en diagonal
a su supervisor. Este venía a su encuentro con los policías.
- Lucía- le dijo el supervisor
con cara descompuesta – Tu padre.



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