14 días
Detuvo su mirada en la
mujer que estaba delante de él mientras el sacerdote entonaba el credo…
…descendió a los
infiernos,
al tercer día
resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a
la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de
venir a juzgar a vivos y muertos…
Y de pronto se percató
que solo le quedaban 10 días. Una puntada en la boca del estómago le recordó
que sería la nada y que todo lo que el entonaba con el cura no lo creía. Miró
al cristo de madera, inmóvil, como siempre, pero ya no le conmovía, tampoco le
inspiraba. Entonces salió antes que finalizara el credo por el pasillo central
de la iglesia ante la mirada extrañada de los feligreses. Esa sería la última
vez que estaría en una iglesia vivo.
Caminó entre la fina
llovizna otoñal. Se detuvo frente a la entrada del parque. Tomó una bocanada del
olor a tierra mojada y sonrió sorprendiéndose de haber pensado lo bonito que
sería que los muertos pudieran respirar la tierra mojada.
Una ligera brisa llena de
llovizna acarició su rostro. Tuvo la tentación de sacar un cigarrillo, pero el
placer de mojarse en el parque respirando la vida húmeda era mayor. Entró al
parque y se quedó debajo de un castaño observando la danza de la llovizna con
el viento por un buen tiempo. Aquí sí está Dios, pensó.
Dopado con la belleza
otoñal, empapado del cielo, cruzó los charcos hacia su pequeño edificio. Subió
las escaleras hasta su pequeño apartamento. Entró y encendió una sola lámpara,
la de la sala. Se sentó en el sofá en silencio con un whisky en la mano y decidió
terminar quedarse allí un tiempo consigo mismo.
El sueño le había avisado
hace 4 días que moriría en 14. Los 4 días siguientes solo fueron pruebas de que
así sería. Todo coincidía con aquel sueño hasta que ayer el doctor le dijo que los
exámenes apuntaban a un cáncer fulminante en estadio 4 que se lo llevaría en
meses. Sería doloroso y valdría la pena desde ya alojarse en la unidad de
paliativos del hospital Gregorio Marañón si no tenía un familiar que cuidara de
él. Entró a la iglesia abatido de ver el final de tantas personas habitación
tras habitación. No pudo evitar verlos al pasar. Unos les inspiraba admiración,
otros, tristeza, otros, desazón. No quiero ser como ellos se dijo y viendo el
cristo de madera decidió romper con él.
Su ateísmo de última hora
era una liberación. La revelación de que luego de la muerte solo había la nada, fue una descarga de dolor y tranquilidad. Saboreando el whisky se preguntó cómo
lo haría. Ahorcarse no. Abrirse las venas o pegarse un tiro o tirarse por la
ventana, tampoco. Todo es muy sucio y detesto la suciedad. No quiero que nadie
vea mi cuerpo, se dijo. Y mucho menos quiero que alguien se haga cargo de él.
Quiero volver a la naturaleza y pensando eso se durmió.
Soñando recibió
instrucciones. Un analgésico potente. Un ancla. Una soga. Un bote. El Cantábrico.
Los días restantes los
utilizó para dejar todo en orden. El apartamento para un sobrino en
Venezuela, su biblioteca a la pública del barrio, sus ahorros a las hermanas
Misioneras de la Caridad pues quien limpia la mierda del desvalido conoce
realmente a Dios, se dijo olvidando que ahora es ateo, y su seguro de vida para el hermano al que no le
hablaba en años, pero que seguramente necesitaría ese dinero.
Todas las gestiones las
hizo con él ánimo de quien prepara un largo viaje y el día 12 tenía la pastilla
que le haría dormirse, un bote alquilado y el permiso del puerto de San Sebastián
para zarpar a la nada. El día 13 sentía puntadas de dolor. El cáncer comenzaba
a asomarse con toda su fuerza en los huesos. No había dejado de beber en estos
días y eso anulaba a los analgésicos. Ahora, pensó, con el dolor, me siento
vivo. Al final eso es la vida también, dolor. Me voy a comer un chuletón
entonces, se dijo encaminándose hacia su asador favorito en la ciudad, pero ese
día decidió comer no solo el chuletón sino cenar un buen pescado. Se fue a la
cama con una digestión muy pesada, lleno de gases, mal dormir y muchas pesadillas.
Amaneció y la luz del sol entraba por la ventana abierta de la habitación del hotel, directo a su cara. Entonces se levantó de un brinco pensando que perdería la
cita con el encargado del alquiler del bote. Miró la hora, vio que eran las 11
de la mañana y se dejó caer en la cama atento a las formas del techo clásico
del hotel. Tengo tiempo, se dijo. Y así se quedó en silencio con una tristeza
que danzaba con las puntadas en las articulaciones y algunas falanges de los
dedos. Era un momento próximo al arrepentimiento o la conformidad, pero una puntada
mucho más aguda que le hizo gritar le levantó veloz de la cama. Todo lo puedo
soportar, menos el dolor y la lástima. Se duchó ¿Para qué? Un reflejo tal vez.
Se vistió y salió sin pagar el hotel. Quiero dejar una deuda en esta vida.
Llegó al muelle deportivo. Tomó el bote y zarpó dando algunos vistazos a tierra
antes de doblar al este balanceándose ante el baluarte del Mirador. Llevaba ya 1
hora de navegación lejana de la costa disfrutando de la brisa marina. Ya mar adentro
pensó estar en Francia y se dijo: da igual. Entonces tomó el
ancla, la ajustó con un buen nudo a su cuello. Se puso a estribor, se descalzó
y decidió desnudarse. Tomó la pastilla. Según su amigo médico hacía efecto en 5
minutos. Te deja frito, recordó. Y en eso comenzó a sentir que en efecto el
sueño llegaba. Podía dejarse caer, pero prefirió que el sueño hiciera ese
trabajo. Abrazando al ancla, arropado por una brisa marina fría, se fue quedando dormido.
Despertó en una
habitación de cuidados paliativos del Gregorio Marañón y lo primero que vio fue
a un cura que le daba la extremaunción. Entonces este es el infierno, se dijo.
Mi pesadilla es el infierno. El padre lo vio y con cierta mirada displicente
del que tiene prisa le dio la espalda y se fue para darle paso a una enfermera
que le comenzó a hablar y luego de probar su estado de conciencia le contó que lo
encontraron unos marineros vascos a la deriva, insolado, dormido, amarrado a un
ancla, probablemente intentando suicidarse, pero por lo visto le salió mal. Curiosamente
sufre de una extraña parálisis que estamos investigando. De momento, se queda
aquí mientras le aplicamos paliativos. Tenemos su historia médica ¿Recuerda que
le atendí hace unas semanas?
Entonces al ver que en su
mesita había un cristo de madera comenzó a llorar. El calmante lo devolvió al
sueño y cristo habló con él de manera amigable. Vestía jeans, camiseta, tenis y
le ofreció cigarrillos. Fumaban en aquel parque en el que se dejó acariciar por
la llovizna, pero no llovía, solo jugaban los perritos y sin dueños a la vista.
Hagamos un trato, le dijo Cristo, te vienes conmigo ya mismo y te dejas de
tonterías. Todo tiene su tiempo y no tenías que morir en ese momento. Ni yo lo
puedo definir. Eso solo lo decide nuestro padre, pero te puedo ayudar. Hablaré
con él. Eres bueno. No te mereces sufrir. Suelta la rabia. Todos morimos. Está
claro que es una mierda vivir con cáncer y que deberíamos exigirte algo de sacrificio,
pero sí tu quieres, si tu crees, te libramos del dolor, de la vida. Entonces
tiró el cigarrillo y le extendió la mano a Cristo. Hecho. Y el rostro de Cristo
se desvaneció y con él el parque. Solo quedaba la luz y un olor a tierra
mojada. El cielo.



Comentarios
Publicar un comentario