Llorando a un gigante

 


Ese día Aldo no estaba triste porque su pareja se fue de casa, tampoco enfadado consigo mismo por no anticiparse al rumor del despido masivo en su trabajo en una fábrica de Wolkswagen. No sentía vacío alguno. Estaba acostumbrado a la pérdida y más todavía si estaba anunciada. Entonces se dispuso a tomar whisky escuchando la lluvia caer en la noche cerrada mientras ponía orden a la ausencia de sentimientos negativos.

El viento comenzó a rolar con más fuerza. Había visto en redes sociales que habría tormenta, pero en una ciudad tan apacible, eso era lluvia con algunas ráfagas leves. Lo tomó como un arrullo y se fue quedando dormido al terminar su segundo vaso. Se sentía aliviado. Libre. Una ligera preocupación por sus compañeros casados, con hijos e hipotecas que quedarían desempleados le pasó por la mente germinando como leve síndrome del superviviente, pero la apartó con un balde de desdeño. “También estaban avisados”, se dijo, “ellos tenían que correr más que yo”. Y sin atisbo de remordimiento se quedó arrullado por la tormenta.

Entonces la casa y los ventanales comenzaron a temblar. El sonido del viento entraba por las ranuras de la ventanilla del baño. Vivía en un tercero y al asomarse vio como los pinos de las calles y parques se batían de un lado a otro. No había visto algo parecido. Cerró las persianas para evitar que los cristales sufrieran desperfectos, pero al llegar a la cocina decidió dejar una pequeña ranura y agachado con la poca visibilidad que tenía percibió como uno de los pinos permaneció inclinado en cuanto las ráfagas de viento amainaron. Como si esperara que el pino escuchara dijo “aguanta campeón”. Recordó que ese era el pino que le daba la mejor vista desde el comedor. Donde iban pájaros carpinteros, urracas, cotorras y le alegraban la vista en el primer café de los domingos. “Aguanta campeón” siguió diciendo hasta que una nueva ráfaga, no tan potente como las anteriores, pero suficiente para sacudir de nuevo al pequeño bosque del parque, arrancó de cuajo al gigante y lo hizo definitivamente desmayarse en diagonal al edificio rozando el balcón del primer piso, cayendo de lleno en el patio del conserje y obstaculizando la salida del estacionamiento. El estruendo no fue tan grande, pero fue allí donde su corazón, anestesiado por la crueldad de años industriales y desamor, se partió susurrando con un leve quejido y luego un llanto inesperado.

Intentó guardar la calma, pero no paraba de llorar. Decidió salir con las ráfagas de nuevo recrudeciendo. Giró hacia donde estaba el pino ya caído y abrazó su gran tronco como si fuera un familiar fallecido. Los vecinos, ya curiosos por el estruendo, seguían asomados viendo el desastre, pero se asomaron más cuando vieron a Aldo, aquel hombre silencioso y tímido, llorar abrazado al tronco del pino. Entonces se metió debajo de las ramas caídas, refugiándose en su olor, drenando su dolor, mojado de angustias por el final del gigante. Tal vez unos 50 o 60 años tendría el ejemplar por fotos que había visto del barrio en alguna exposición en la sala parroquial, así que difícilmente podría crecer otro igual en lo que le quedaba de su vida. Apoyó la cabeza en una rama y ahí entumecido, escuchando sirenas alejadas de otras emergencias y ante la indiferencia de los vecinos o el frío, se quedó dormido. Lo despertó el primer rayo de luz y la llegada de los equipos ambientales del ayuntamiento con las motosierras en la mano. Se levantó con trozos de piñones en el abrigo y el chándal, empapado. Los hombres con las motosierras y el conserje lo miraron entendiendo la dolorosa situación. Ellos solo serían los sepultureros, pero también en sus miradas de duelo se veía que no todos los días caen los gigantes.

Aldo subió por las escaleras y al ducharse vio en el espejo la tristeza permanente y las ganas de irse de la ciudad para morir en un bosque. En su mochila, lo primero que guardó fueron las piñas del gigante y luego su desolación.

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