La fiesta de Navidad
Todo lo escrito
aquí es ficción, aunque a muchos en Venezuela les podría parecer veraz…
Las comidas o cenas de
Navidad de empresas o el trabajo no son malas, aunque sí sé que tienen muy mala
fama en algunas partes del mundo occidental. En España da mucho juego. La gente
suele ir y disfrutar, pero lo mejor viene cuando se van de copas. En el caso de
Venezuela el asunto aturde un poco si se compara con las españolas.
El ruido es clave en
Venezuela, pero de todas las peores fiestas de Navidad que he visto en mi vida
laboral en aquel país fueron las del ámbito militar venezolano. Lo viví por
unos 10 años como funcionario civil.
Hay que aclarar dos
cosas: 1) no tengo el mejor concepto de los militares venezolanos, 2) no obstante,
hay varios tipos de militares y algunos de estos tipos se salvan de mi hoguera
cognitiva.
Mi criterio para decir si
es mediocre o no se puede comprobar si usted somete a un examen de aptitud
académica profesional y se audita la vida de estos oficiales. Mientras hubo
democracia los observé de cerca. Para darles un ejemplo, estos oficiales son
como Hugo Chávez. Es decir, personas que no tienen ni puñetera idea de nada,
pero se saben vender como si supieran. De paso, como todo psicópata, tienen voluntad
de poder. Aun así, una de las características que más me ha llamado la atención
de estos oficiales, además de su cobardía, es su bajeza moral. Esa propensión a
la chabacanería, cutrería o como dicen en Venezuela “nichería” sexualizada.
Sí, ya sé que existen
muchos manuales y texto sobre la psicología militar, pero si hubiesen observado
las fiestas de Navidad que yo vi ya hace 25 años se quedarían abismados y nunca
me extrañó el desastre en que se convirtió Venezuela al observar que el grueso
de los que están al mando son militares venezolanos de ese bajo nivel.
Hay todavía uno que otro
analista que vive allá que acepta que se diga que los militares tienen mérito.
Puede ser parte del habitual síndrome de Estocolmo o el miedo mismo a hablar y
ser tocado por la represión. Lo entiendo, pero si usted conoce a un militar
venezolano lo identificará mínimo como un pusilánime o un mediocre. Lo
normal es que esté en el límite de la mediocridad y la criminalidad. Ya no hay
casi militares de alto nivel moral y se puede ver cuando aplauden asustados
como focas los programas de los mandamases chavistas, pero sobre todo en las
maldades que son capaces de ejecutar incluso entre ellos mismos.
Pero esto va de las peores fiestas de navidades que he visto en mi vida. En Venezuela todo se ameniza con un sonido ruidoso llamado gaitas zulianas. Puedes escuchar y bailar tres o cuatro piezas, pero si estás sobrio terminas aturdido. Esa es la banda sonora. Luego está el plato típico navideño venezolano, es decir, hallacas (tamales), ensalada de gallina, pernil asado y pan de jamón. Nada que criticar a esta bomba calórica que por lo general es bañada en los altos niveles con escoceses (el venezolano ve como cosa de bajo nivel tomar ron o aguardiente o cerveza en estos casos), y en los bajos niveles con ron o vino de consagrar. Se come con la gaita a todo volumen por lo general en el caso de los militares tocada en vivo por cadetes o soldados. A los venezolanos les encanta esto. El ruido. El asunto se tercia cuando comienza el baile y el alcohol hace su trabajo. Los militares venezolanos mediocres de los que les hablo son depredadores sexuales y homofóbicos. Necesitan mostrarse como machos, aunque podría decirse que al menos un tercio es gay de armario con serios traumas. Sin embargo, son los heterosexuales y uno que otro bisexual de armario los que atacan de frente a secretarias, mujeres oficiales, analistas, muchachas de limpieza o toda persona que sea mujer. Es acoso y derribo y algunas mujeres siguen el juego de acoso a veces complaciente, a veces por miedo, otras forzadas. La mayoría quieren huir, pero puede ser difícil. Solo estar en ese entorno ya es un peligro para una mujer o los hombres de bien.
En las fiestas de Navidad
vi todos esos casos. La funcionaria (no diré rangos ni condición), casada, con hijos,
que se escapó de la fiesta (por lo general se hacen en los pisos superiores o
en la parte baja en los salones de fiestas de las sedes respectivas), con un coronel
que bailaba muy bien y terminó haciéndole una felación al susodicho en su
oficina.
Lo que me aterró no fue
ver eso por grabaciones de las cámaras de vigilancia de asuntos internos, sino
que previamente había visto como al salir de la fiesta, le daba un beso a su
marido y sus hijos quienes iban a recogerla a la puerta de la institución todos
felices por reencontrarse con la madre de familia para seguir las festividades navideñas.
Siendo un joven funcionario civil eso me traumatizó. Ver la cara del inocente cornudo
alegre por ver a su esposa y los hijos recibiendo esos besos de esos labios.
Especialmente porque el coronel de marras era conocido por putero.
Luego vi en otra fiesta
el caso de la esposa de un capitán que fue entregada a un general en prenda por
los favores recibidos y por recibir. Eso pasaba mucho, pero lo vi con mis ojos
una sola vez. La mujer tenía una tristeza infinita y todo esto rodeado por el
ruido escabroso de la gaita. Recuerdo la última mirada de ella a su esposo
antes de irse con el ayudante del general a los aposentos de esos semidioses de
la mediocridad que son los generales venezolanos. El esposo pasó el resto de la
fiesta con la mirada clavada en su vaso de whisky. Luego le fue bien en su
carrera. No sé cómo está ahora. En aquel momento, todos nos dimos cuenta de la
situación. No fue nada discreta. Me temo que eso sigue pasando con mayor frecuencia
hoy en día.
Cuando eso ocurría sentía
muchas ganas de irme de la fiesta, pero no podíamos irnos. Otra peculiaridad de
las fiestas de navidad de los militares venezolanos. Te vigilan para que no te
vayas antes que el general o tu superior. Yo era experto en escaparme.
Eran tiempos todavía
tranquilos en Venezuela. Imagino que ahora es peor, pero en incluso en aquella
época tu distinguías al buen oficial del mediocre por su actitud al trabajo durante
las navidades. El buen oficial bebía solo un vaso de whisky y departía con
buenos modales con todos los trabajadores. Bailaba también, pero no manoseaba a
las mujeres. Incluso se podía animar a cantar una canción, pero estaba centrado
en que era una actividad social laboral al uso y había que guardar el decoro.
En cambio, el oficial mediocre era como ver un narco en una bacanal.
Todo esto pasa por una
cosa que pocos saben o no es muy común comentarlo y es que, a diferencia de
muchos países, los oficiales militares venezolanos vienen de familias
desestructuradas. Chávez fue un ejemplo de esto. Bastardos de estrato bajo, con
poca formación en ascenso social y de entornos con poca decencia. Rara vez
venían de hogares con un rango de decencia aceptable y si existía toda moral se supeditaba a la carrera del chico desde cadete ayudándole a convertirse en un
psicópata en donde lo único que importa es la carrera y el poder. De esos
polvos, están estos lodos. Venezuela está gobernada por una pandilla de
psicópatas. Una Cacocracia alimentada por las academias militares y los cuadros
socialistas de las universidades.
Con los años. Lejos de
aquel país, mi país, casi ya desconocido por mí, pero con algunos rasgos de uno
que existió y no volverá, mi desprecio hacia los militares venezolanos se ha
fortalecido. Ahora cada vez que asisto a una fiesta de Navidad de empresa en
España me alegro con haber salido de aquel entorno y disfrutar a lo español,
con mucha comida y chascarrillos, pero sobre todo con relativo menos ruido y lo
más decente posible el momento más bonito del año. Seguramente eso que vi con
los militares venezolanos se replican en otros ámbitos laborales españoles,
especialmente, en los ámbitos partidistas y empresariales, pero no lo he visto
hasta ahora.
No obstante, cuando me
ausento cognitivamente en esas fiestas españolas de Navidad viendo la copita de
patxaran no olvido la mirada de aquella joven esposa del capitán o el asco que
sentí al ver aquella madre de familia besando con aquella boca apestosa a semen
del coronel putero a sus hijos y maridos. Son los recuerdos grinch que conservo
de la Navidad y hasta eso son capaces de arruinar los militares venezolanos. Suelo
sacudirlos de mi cabeza y concentrarme en los más graciosos de la reunión.
Por eso todos los años
rezo para que un virus sea capaz de detectar a esos oficiales mediocres y criminales
venezolanos, anular su sistema inmunológico y sacarlos de circulación. Millones
de buenas personas en el mundo lo agradecerían y sería lo único que podría
evitar tragedias como las que vemos con los presos políticos sirios. Espero un
día que Dios nos haga el favorcito. No es un mensaje muy navideño, pero sí,
sería mi Navidad. La libertad para Venezuela.



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