La visita de Eros
Saboreaba el ahumado de
su segundo Lavagulin 16 años cuando sintió la presencia de esa vieja sensación
olvidada.
Al fondo en la pista de
baile improvisada para la boda, jóvenes muy jóvenes bailaban erotizados para
escarnio de las mujeres más viejas y lascivia de los más viejos. Él se sentía
por encima de todo esto, pero estaba claro que esa sensación olvidada formaba
parte de algo parecido a un contagio.
Entonces cerró los ojos y
rápidamente llegó a su memoria el rostro difuso y el cuerpo nítido de Francis
cabalgando sobre él diciendo una vulgaridad. Luego se vio tan joven como esos
jóvenes orinando a la orilla de una carretera de un páramo andino y detrás la
voz de Carlota al volante del coche diciendo “estás marcando territorio”. Eran
tiempos no de lujuria sino de diáfana pasión. Él que nunca se casó, que hasta
los 40 años sintió el deseo y en los 50 comenzó su vida casi de asceta, nunca
pensó que volvería a ser visitado por Eros. Se sentía por encima incluso de ese
Dios, pero allí estaba con una olvidada erección y los ojos cerrados en medio
de una aburrida boda amenizada por el contoneo de los que podrían ser sus hijos
o nietas.
Se levantó y decidió
buscar el aire fresco del mar. Decidió asistir a esa boda porque el festejo estaba
en una playa. No le importaban los novios, los invitados, ni el gesto. Se trajo
su propio whisky en un par de petacas desde casa y se dijo que cuando los
terminara se iría sin despedirse. Intento ser sociable, pero ya había perdido ese
talento de actuación. No encajaba, así que cuando lo dejaban solo, agradecía
profundamente su suerte.
Frente a la playa intentó
evocar su Caribe natal, pero faltaba el olor a coco, caña y fruta podrida. El
Mediterráneo no tiene ese encanto. Entonces volvió a recordar a Francis. Su
rostro le resultaba lejano, pero su cuerpo no. Su risa, su coquetería, su
curiosidad, su intelectualidad. Había sido su alumna, pero luego de un par de
años de graduada coincidieron en una discoteca. Ella se acercó solícita como si
fuera la alumna de toda la vida. Conversaron un rato y entonces él la tomó por
la cintura y la besó con toda la pasión que era capaz en ese momento. Ella le
correspondió y así estuvieron un buen rato. En un momento de descuido él desapareció.
A la tarde siguiente, ella le mandó un mensaje de texto: gracias, me gustó.
Entonces se encendió el
carrusel de la seducción. Pudo haberse ido con ella y casarse, pero no lo hizo.
Le perdió la pista en Estados Unidos. Carlota, por el contrario, era otra cosa.
Lo erótico en ella no era su sexo sino su mera presencia y lo prohibido. Era su
prima hermana y contrario a la belleza caribeña su piel era blanca y su rostro
más europeo. Se enamoró de ella desde que eran niños justo antes de los 10 años.
A los 15 años coquetearon y para él, ella fue su primer amor, pero no está
seguro de que fuera el primer gran amor de ella. La distancia entre las
ciudades en las que habitaban, las alertas de la familia por el hecho mismo del
incesto, y los rumores de ella con otros novios, terminaron por romper la
relación si es que la hubo. Si no se hubiese dado el reencuentro ya adulto y
sexual que tuvieron en aquel páramo andino, se habría convencido de que a los
15 años se había enamorado solo. Todavía lo piensa. No obstante, aquella
escapada le dijo algo más. Ella y él andaban por los senderos de la traición.
Traicionaban de nuevo a su familia y ella a su prometido. El romance se inició
en una casa de playa. Comunicaciones iban y venían entre ambas ciudades hasta que
en un carnaval decidió viajar a la ciudad de ella. Recordó la llamada de su
prometido que se había enterado de la aventura. Le llamó en pleno viaje rogándole
que no la viera. Ya estaba en camino. Así que había decidido devolverse en el
primer vuelo de retorno arrepentido por la intrusión en un compromiso
matrimonial hasta que la vio en la sala de espera del aeropuerto y murió de
amor. No pudo evitarlo. Siempre se preguntó si aquello era un juego de ella con
él y su prometido, pero tal vez al ser el único enamorado no le quiso poner atención.
Su voz, sus pequeñas muecas, su piel, su mirada, sus pensamientos y
provocaciones. Todo le ataba a ella.
Descartando el vaso en la
arena, decidió tomar su Lavagulin de forma indecente de la petaca. Entonces recordó
con el ahumado en el paladar que ella tenía a una persona que le informaba la
ubicación del prometido. Era una persecución en el páramo entre niebla y curvas.
Entre posadas y rincones. Tres días con sus noches. Entre coitos furtivos,
atento al estacionamiento o los pasos frente a la puerta de la habitación.
Se necesitaban y en esa
montaña rusa de emociones se amaron. Una sonrisa rubricó el orgullo maligno del
recuerdo de lo que podría ser una travesura. Seguramente era un amigo o una
amiga que andaba con el prometido en el coche. Tal vez fuera un juego de ella,
pero la amó en ese momento. Fue cuando ella lo llevaba de retorno al aeropuerto
el momento en el que orinó en la orilla de la carretera viendo la inmensidad de
los Andes y ella le dijo aquello de marcar territorio. La volvió a recordar con
su sonrisa tomando otro trago de Lavagulin de la petaca. Cerró los ojos y la
volvió a amar, pero no la extrañaba. No estaba hecho para aguantar una relación
de largo aliento y así decidió morir.
De la fiesta emergían
voces. Un viejo ridículo estaba tratando de imitar pasos de los jóvenes con la
mirada puestas en las teenagers de las fiestas. Detrás, una mujer mayor, tal
vez su esposa, miraba alarmada el espectáculo. Se volvió a la playa. Gritos a
su espalda, la música dejó de sonar, botellas, más gritos. No hacía falta ver
lo que había pasado. Eros había abandonado la sala a la llegada de Dionisios.
No había nada más que hacer y daría todo lo que le quedara de vida por una
noche con Francis y otra con Carlota para morir tranquilo y desaparecer de esta
realidad decadente.
Sin más, terminó su
última petaca y se fue caminando a su hotel.



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